Armageddon

Armageddon: Temporada de Fuego, de Jude Reid [resumido]

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El Ingeniero y el Gigante

La llegada del Mayor Ambrosius Roth a la Colmena Tártaro se produce bajo un cielo saturado de orcos, culminando en un violento aterrizaje forzoso en las montañas tras el derribo de su lanzadera. Rescatado por la co-piloto Tannet de entre los restos humeantes, Roth se enfrenta de inmediato a la brutal realidad del asedio terrestre antes de ser evacuado hacia el corazón de la colmena por unidades de apoyo. Este «exilio» de Roth no es una simple asignación; su historial como ingeniero brillante y su tendencia a señalar las negligencias del mando planetario lo han llevado a Tartarus como una medida para evitar su ejecución política.

En la sala de guerra, Roth se reencuentra con la Coronel Ela Varhahl, una oficial pragmática agotada por la escasez de recursos, el racionamiento de la colmena y la parálisis de un alto mando que se niega a enviar refuerzos. La dinámica de poder se ve alterada por Owain Rittau, el joven y entusiasta heredero del gobernador, quien revela haber orquestado el traslado de Roth bajo la firme convicción de que solo el «héroe de las Puertas Ursine» posee la experiencia necesaria para salvar la ciudad.

El conflicto central se materializa cuando Roth informa sobre el avistamiento de un Gargante orco de proporciones colosales, una máquina de guerra capaz de desmantelar las defensas de la colmena en minutos. Ante la inminente marcha de la horda a través del paso de Typhon Sextus, Roth asume el liderazgo técnico y despliega una estrategia de contención basada en la detonación coordinada de cargas mineras para colapsar el desfiladero. Aunque el inmenso ingenio xenos permanece en pie tras la explosión, la avalancha resultante y el fuego de artillería logran frenar el avance y obligar a los orkos a retirarse, otorgando a Tartarus una victoria precaria que compra el tiempo necesario para intentar fortificar una posición que parece condenada de antemano.

Tras un mes de asedio constante y una guerra de desgaste que agota los recursos de la Colmena Tártaro, la situación alcanza un punto de ruptura cuando el Capitán Owain Rittau informa al Mayor Roth sobre el redespliegue del Gargante en el Paso de Darvassa. Este avistamiento revela una verdad inquietante para Roth: la máquina xenos no solo es colosal, sino que parece estar impulsada por reactores, lo que sugiere un nivel de ingeniería enemiga superior al esperado. Para enfrentar esta amenaza, Owain negocia con su padre, el Gobernador Erich Rittau, el acceso a los arsenales privados de la familia, pero bajo una condición que choca con la lógica militar de Roth: el joven e impulsivo capitán debe ostentar el mando directo de la operación.

La expedición parte hacia los páramos de ceniza impulsada por el carisma y la retórica de Owain, quien logra encender el fervor de una tropa dispar compuesta por milicias y legionarios penales. Sin embargo, bajo la superficie de este entusiasmo, persiste un conflicto de visiones: mientras Owain busca una victoria gloriosa que limpie el honor de su linaje, Roth se ve relegado al papel de asesor en la retaguardia, observando con escepticismo cómo el joven aristócrata ignora la doctrina de la cautela.

El enfrentamiento culmina en el valle de Darvassa, donde un impacto directo de misil contra el Gargante resulta inútil frente a sus escudos de energía. En medio del caos, la aparición fugaz de un Marine Espacial de armadura grisáceas —el legendario «Espectro»— observando desde los riscos, añade una capa de misterio y presagio al conflicto. Ante la resistencia de la máquina, Roth propone una retirada táctica para atraer a los orcos al fondo del valle y ahogarlos destruyendo el embalse de la montaña. No obstante, la arrogancia y la sed de sangre de Owain lo llevan a rechazar el plan, reafirmando su autoridad frente a un Roth impotente.

El desenlace es catastrófico y paradójico: los orcos demuestran no ser simples salvajes al usar la misma táctica ambiental de Roth. El Gargante dispara sus propios cohetes contra el embalse de la caldera, rompiendo la montaña y enviando un torrente imparable de agua contaminada sobre el ejército imperial, transformando el avance de Owain en una masacre acuática y dejando a las fuerzas de Tartarus a merced de los elementos y la astucia xenos.

Traiciones y Trincheras

Tras el desastre en el Paso de Darvassa, el Capitán Owain Rittau emerge de los restos de su tanque como el único superviviente de una masacre acuática que ha transformado el valle en un cementerio de metal y lodo. Impulsado por un sentido del deber que trasciende su propia supervivencia, Owain rechaza las órdenes de retirada de Roth y emprende una carrera suicida hacia el Gargante para transmitir datos vitales sobre sus debilidades estructurales, logrando identificar que el agua está cortocircuitando los escudos de la máquina antes de ser finalmente rodeado por la horda xenos.

Mientras Owain cae en combate, el Mayor Roth es conducido ante un Gobernador Erich Rittau devastado, quien, cegado por el dolor de haber perdido a su heredero, ha ejecutado a la Coronel Varhahl y ha entregado el control de los arsenales prohibidos de su familia al Gobernante Supremo Planetario Herman von Strab. El conflicto moral estalla cuando von Strab revela su plan de «victoria»: el despliegue masivo de bombas víricas para exterminar toda forma de vida en la superficie del planeta, sacrificando a millones de ciudadanos leales con tal de frenar el avance orko.

La negativa de Roth a colaborar con lo que considera una traición y un acto de cobardía por parte del alto mando le condena a una ejecución sumaria en los niveles inferiores de la colmena. Abandonado a su suerte con heridas de bala y paralizado entre los escombros, Roth experimenta un encuentro místico con el legendario «Espectro de Armagedón», un Lobo Espacial llamado Einar que desprecia el sacrificio humano y revela que las bombas víricas han fallado debido a su antigüedad. En un gesto de «piedad amarga», el Marine Espacial utiliza su magia rúnica para sanar milagrosamente las heridas de Roth, no por benevolencia, sino para obligarlo a regresar con su pueblo y seguir siendo testigo de la futilidad de una guerra eterna que parece no tener fin.

Tras su regreso milagroso a la Colmena Tártaro, el Mayor Roth se ve obligado a asumir el mando de una ciudad descabezada por la traición y la desesperación: el Gobernante Supremo Planetario von Strab ha huido tras asesinar a los oficiales que intentaron detenerlo, y el Gobernador Erich Rittau se ha quitado la vida, incapaz de soportar la culpa y la pérdida de su hijo. Roth logra unificar a las milicias y la Legión de Acero en una defensa final coordinada, logrando un éxito inicial mediante el despliegue de proyectiles de gas que diezman las vanguardias orkas. Sin embargo, esta victoria es efímera, ya que la astucia xenos traslada el conflicto al subsuelo, iniciando una guerra de túneles que amenaza con socavar los cimientos mismos de la colmena.

Sacrificios

La veterana ingeniera Elettra Artar es la encargada de liderar el contraataque en las profundidades, utilizando taladros Hades para interceptar la incursión subterránea. En una batalla claustrofóbica y sangrienta marcada por el uso de garrapatos bomba y combate cuerpo a cuerpo, la unidad de Artar es superada por el número infinito de atacantes. Herida de muerte y consciente de que los túneles han sido totalmente vulnerados, Artar transmite un último aviso a Roth para que colapse los accesos antes de inmolarse en una explosión suicida, sacrificándose para intentar frenar un avance que ya ha alcanzado el corazón de la ciudad.

El colapso definitivo de Tártaro se materializa cuando los orkos irrumpen en el generadorum, el pulmón energético de la colmena. Ante la imposibilidad de enviar refuerzos, Roth se ve forzado a tomar la decisión más amarga de su carrera: ordenar la evacuación parcial y la autodestrucción de la planta, condenando a los operarios que se quedaron a luchar y dejando a gran parte de la ciudad sin soporte vital para priorizar la energía en las baterías de defensa. Con el Gargante golpeando ya las murallas y el strategium reducido a escombros por el bombardeo enemigo, Roth libera a su personal de servicio y se une a Tannet en el parapeto interno. Allí, despojado de su rango y convertido en un soldado más entre milicianos y convictos, Roth se prepara para el enfrentamiento final contra una marea xenos que ya ha devorado las defensas externas y amenaza con extinguir toda vida antes de que llegue la Temporada del Fuego.

Con la Colmena Tártaro envuelta en llamas y el Gargante orko superando las defensas externas, el Mayor Roth se enfrenta a la culminación de su destino en un escenario de absoluta desesperación. Mientras los orcos masacran a los defensores en el lodo entre las murallas, una chispa de esperanza surge cuando Tannet divisa cápsulas de desembarco de los Marines Espaciales descendiendo hacia la vecina Colmena Acheron; aunque el auxilio no es para ellos, la visión renueva la voluntad de lucha de los supervivientes. Impulsado por el recuerdo de su hijo Gethin —arrebatado años atrás por las Naves Negras—, Roth abandona el mando formal para ejecutar una última y suicida estratagema de ingeniería: colapsar los túneles del sistema de trenes de levitación magnética para hundir a la colosal máquina xenos.

En las profundidades, Roth y Tannet encuentran a un Magos tecno-sacerdote que, en un acto de fría devoción al Omnissiah, acepta sacrificar su vida y la de sus siervos para detonar las cargas mineras precisamente bajo los pies del Gargante. La explosión resultante sacude los cimientos de la ciudad, provocando que una de las enormes piernas del caminante se hunda profundamente en el fango, inmovilizándolo y haciendo que sus escudos de energía fallen al entrar en contacto con el agua y el lodo. Tras poner a salvo a una Tannet herida sobre un transporte Goliath, Roth, solo y desgarrado por el esfuerzo físico, emprende una carrera final hacia la subestación eléctrica de la muralla interna.

Entonces Roth, acosado por orkos y herido por proyectiles, logra irrumpir en la subestación. En un gesto que une su redención personal con la salvación de la colmena, tira de la palanca del tren de levitación magnética, desatando una corriente masiva que electrifica el lodo y convierte el campo de batalla en una trampa mortal que calcina a la horda y destruye los sistemas internos del Gargante. Al amanecer, bajo la mirada del «Espectro» (Einar), quien observa el cumplimiento de este «wyrd» o destino, la victoria se confirma: la máquina de guerra yace como una carcasa humeante y vacía. Aunque Roth se sacrifica en el acto, su legado trasciende la ingeniería, transformándose en la leyenda del «Bendito San Ambrosio», cuya memoria sostendrá la fe de los combatientes en las cenizas de Armagedón.

Nuevo Rostro de la Guerra

En el inicio de la segunda parte, la guerra por la Colmena Tártaro ha trascendido la ingeniería para convertirse en una lucha de fervor espiritual y supervivencia desesperada en las trincheras. La Hermana Superiora Sabreen, ahora conocida como la «Dama de las Trincheras», mantiene la moral de la Milicia de los Páramos de Ceniza utilizando la figura del Mayor Roth, ahora elevado al estatus de «Bendito San Ambrosio», como un símbolo de martirio y esperanza. Sin embargo, esta fe se ve puesta a prueba durante un asalto brutal en la línea Stygian, donde, en medio del caos del combate contra los orkos, el cráneo del santo —la reliquia más preciada de Sabreen— resulta destruido por el impacto de un proyectil. En medio de esta pérdida, Sabreen experimenta un avistamiento fugaz del «Espectro de Armagedón», un Marine Espacial de armadura gris que observa la batalla desde la distancia antes de que se produzca lo que los soldados aclaman como un milagro: un torrente de fuego celestial que desciende del cielo, aniquilando a la horda xenos y salvando a la milicia de una muerte segura.

Tras la batalla, el conflicto se traslada al ámbito del mando y la sospecha dentro de los húmedos refugios de las trincheras. Sabreen se enfrenta al Mayor Rovach, un oficial consumido por el cinismo y el agotamiento, quien revela que no hubo refuerzos porque las órdenes del alto mando son simplemente resistir hasta que la «Temporada del Fuego» —una tormenta volcánica devastadora— consuma todo lo que quede fuera de los escudos de la colmena. En este ambiente de derrota inminente, se introduce a la Confesora Yarona Dunnard, quien alimenta la creencia en los portentos divinos, mientras Sabreen comienza a albergar una inquietante sospecha: el «milagro» de fuego podría no ser de origen divino, sino el resultado de una hechicería mucho más oscura.

La tensión entre el deber militar y la lealtad hacia los compañeros impulsa a la Sargento Ewart a buscar el apoyo de Sabreen para una misión de rescate no autorizada. Tras recibir una señal de vox distorsionada del Teniente Alginn, a quien se creía muerto, un pequeño grupo se interna en la niebla tóxica de los páramos hacia un bloque de búnkeres abandonado. Durante el trayecto, la expedición descubre que los orkos y sus bestias, los garrapatos, muestran un pavor antinatural hacia el área donde cayó el fuego celestial, ya que la arena ha quedado fundida en cristal de una forma que desafía la lógica natural. Sabreen comprende entonces que el lugar donde buscan refugio está maldito por la brujería, un presagio de que los horrores que acechan en las sombras de la colmena son tan letales como la marea verde que golpea sus muros.

Sombras en el Búnker

La misión de rescate en el búnker termina en horror cuando Sabreen y la sargento Ewart encuentran al Teniente Alginn y a sus hombres muertos desde hace días, a pesar de haber recibido señales de vox recientes. Ante la sospecha de que el lugar está maldito por la brujería y no por un milagro divino, Sabreen ordena detonar el bloque para darles sepultura y eliminar cualquier rastro antinatural.

De regreso en la colmena, la tensión estalla entre la fe y el pragmatismo militar cuando Sabreen confronta al Mayor Rovach sobre la corrupción interna; sin embargo, el oficial rechaza iniciar una caza de brujas para no destruir la escasa moral de sus tropas antes de la inminente Temporada de Fuego. Decidida a encontrar respuestas, Sabreen libera de sus cadenas al psíquico sancionado Gaius Octavian, obligándolo a servir a la Eclesiarquía para rastrear el origen de la hechicería.

La investigación es interrumpida por un violento bombardeo orko y la irrupción de una colosal máquina excavadora xenos que perfora las paredes de la trinchera. En el combate cuerpo a cuerpo que sigue, Sabreen es casi aplastada por un Ghazghkull equipado con una garra de energía, pero Octavian interviene salvándole la vida al incinerar a los atacantes con fuego psíquico. Tras repeler la invasión, y a pesar del riesgo de las lluvias ácidas, Sabreen ordena a Octavian regresar de inmediato al búnker maldito para desvelar la verdad detrás de la sombra que acecha a la colmena.

Tras el ataque en las trincheras, la Hermana Sabreen y el psíquico Octavian utilizan los túneles descubiertos para investigar el lugar donde ocurrió el supuesto milagro de fuego. En el sitio, Octavian confirma mediante sus habilidades que el evento no fue una intervención divina, sino hechicería pura. En ese momento, Sabreen avista de nuevo al Marine Espacial gris y decide perseguirlo sola, ordenando al psíquico regresar a la colmena.

Al dar alcance al «Espectro», Sabreen le suplica ayuda para salvar la ciudad. Sin embargo, Einar rechaza ser un héroe y le impone una visión mística del pasado oculto de Armagedón. Sabreen presencia con horror cómo, siglos atrás, la Inquisición masacró a millones de ciudadanos y soldados leales tras una victoria contra el Caos para evitar que la verdad se difundiera. Einar confiesa que su inacción durante esa purga lo condenó a un exilio de autocompasión, convencido de que toda lucha en el planeta es fútil. Sabreen lo desprecia por su cobardía espiritual y regresa a las líneas imperiales decidida a seguir luchando por su cuenta.

A su regreso, Sabreen encuentra la primera línea de trincheras abandonada; el Mayor Rovach ha ordenado la retirada ante el avance orko y la inminente Temporada del Fuego. Octavian utiliza una proyección psíquica para guiar a Sabreen hasta un refugio oculto de los trabajadores de túneles. Allí descubren la prueba definitiva de la corrupción interna: el cadáver descuartizado de la Comisaria Rosaura, cuya alma ha sido atada ritualmente a un espejo para servir como espía mágico del culto herético. Sabreen destruye el espejo y los restos para romper el hechizo, dándose cuenta de que la traición ha penetrado en el corazón del mando justo cuando la sargento Ewart los encuentra en la escena del horror.

El Fuego de la Fe

Sabreen confirma que la sargento Ewart es leal tras una revisión mental de Octavian. Al llegar al búnker de mando, encuentran al Mayor Rovach asesinado; Sabreen identifica a la Confesora Dunnard como la traidora al reconocer el olor de su tabaco y ver un espejo ritual en la escena. Mientras los orcos asaltan las trincheras en medio de terremotos, Sabreen persigue a Dunnard, quien ha pactado con poderes oscuros para crear un escudo de energía que detiene incluso misiles en el aire.

Dunnard intenta justificar su traición como la única forma de salvar a la gente de la inminente Temporada del Fuego, pero Sabreen rechaza la herejía y detona un misil suspendido sobre el escudo para intentar eliminarla. La explosión resultante sepulta a Sabreen, quien en su inconsciencia tiene un enfrentamiento final con el «Espectro». Einar le muestra visiones de la futilidad de la guerra, pero Sabreen desprecia su falta de fe y elige seguir luchando antes que vivir en el desespero.

Tras ser rescatada de los escombros por Ewart y Octavian, Sabreen asume el mando de los supervivientes de la milicia. Con los volcanes ya en erupción y el cielo ardiendo, les revela que el Espectro no es un salvador y que la Confesora es una traidora. Sabreen los convence de que, aunque la derrota sea probable, su sacrificio y sus acciones finales tienen un valor eterno ante el Emperador. La milicia lanza una carga final desesperada a través de los páramos hacia la Colmena Tartarus, enfrentando a orkos y mutantes para intentar alcanzar los búnkeres del subsuelo antes de que el fuego volcánico los alcance.

Sabreen y Octavian se dirigen hacia la brecha del muro, donde un domo de luz aquamarina generado por hechicería contiene temporalmente el avance del apocalipsis volcánico. El objetivo de Sabreen no es salvar el sector, sino asegurar su destrucción para erradicar la semilla de la herejía antes de que se extienda por el subsuelo.

Al llegar, confrontan a la Confesora Dunnard, quien sostiene el escudo de energía y justifica su traición como un acto de compasión para salvar a la gente de una muerte segura bajo el fuego y la lava. Sabreen rechaza esta «salvación», sosteniendo que es preferible una muerte digna que una vida de servidumbre a poderes oscuros. El conflicto estalla en una batalla donde Sabreen debe masacrar a los cultistas de Dunnard, antiguos soldados imperiales cuya desesperación los llevó a aceptar el falso milagro. Durante la lucha, Sabreen presencia el horror de la mutación cuando una de las cultistas se transforma en un engendro antes de ser ejecutada.

Dunnard intenta tentar a Octavian ofreciéndole libertad de sus cadenas, pero el psíquico se mantiene fiel al Emperador. En represalia, la confesora lo ataca con energía disforme, provocando que su cuerpo comience a romperse para servir de portal al Archienemigo. Ante la súplica de Octavian, Sabreen lo degüella con su propio cuchillo de misericordia para cerrar la grieta en la realidad.

Finalmente, Sabreen ignora las promesas de Dunnard sobre reconstruir la ciudad y lanza el cuchillo de Octavian a la garganta de la traidora, matándola. Con la muerte de la confesora, el escudo colapsa y la ola piroclástica de la Temporada del Fuego golpea el sector con toda su fuerza. Dunnard es incinerada al instante mientras Sabreen, aceptando su martirio, es envuelta por el fuego y la oscuridad mientras se aferra al fragmento del cráneo del santo.

Ángeles de Sangre

La tercera parte inicia con los Ángeles Sangrientos, entre ellos los recién ascendidos Gavriel y Tyndarian, quienes llegan al Cordón Hemlock en medio de un asalto orko masivo para apoyar a los defensores de la Legión de Acero. Tras una limpieza violenta de xenos en los páramos de ceniza, el sargento Orphaeus juzga que la posición imperial es insostenible y ordena la retirada hacia el fuerte, criticando duramente a los soldados locales por abandonar sus puestos para intentar rescatar civiles.

Dentro de la fortaleza de Ulleungdo, la situación es desesperada por el hacinamiento de refugiados, lo que no impide que estalle un conflicto de autoridad: Orphaeus releva al Mayor Bran de su mando como castigo por priorizar el rescate de siervos sobre las órdenes de defensa. La Hermana Hospitalaria Loreyn confronta al sargento, defendiendo que el sacrificio de Bran salvó vidas, pero Orphaeus se mantiene inflexible y decreta que el fuerte debe ser abandonado y demolido para forzar la evacuación hacia la ciudad de Helsreach.

En privado, Orphaeus revela a su escuadra el verdadero propósito de su llegada: no están allí para salvar a los supervivientes, sino para realizar una misión suicida infiltrándose en la Colmena Tártaro para sobrecargar sus reactores y vaporizar la ciudad. El objetivo estratégico es negar a los orkos el acero, los minerales y las factorías de la colmena. Esta decisión genera fricciones internas; mientras los veteranos Morgantes y Adonai cuestionan por qué no se usa un bombardeo orbital para evitar el riesgo innecesario, el joven Gavriel ignora las dudas y abraza la misión como una oportunidad de gloria en el servicio al Emperador.

La misión comienza al amanecer con la demolición total del Cordón Hemlock, forzando a los supervivientes a una retirada incierta hacia Helsreach. La escuadra de los Ángeles Sangrientos se dirige hacia una antigua capilla convertida en un depósito de combustible orko con el fin de sabotear los suministros xenos antes de entrar en la ciudad. Durante el asalto, el joven Gavriel se distrae buscando gloria personal en un duelo contra un líder orco, lo que provoca una dura reprimenda del sargento Orphaeus, quien le ordena priorizar el objetivo táctico sobre su orgullo. Tras eliminar a su oponente, Gavriel logra saltar sobre un camión cisterna en movimiento y lo estrella contra una enorme pirámide de barriles de prometio, desatando una explosión masiva que arrasa la posición enemiga.

Con el depósito destruido, el grupo avanza hacia la silueta opresiva de la Colmena Tártaro, una ciudad que ahora parece un inmenso mausoleo custodiado por hordas orkas. En los barrios marginales exteriores, la escuadra es interceptada por la Hermana Hospitalaria Loreyn, quien ofrece guiarlos por túneles secretos para evitar las defensas enemigas en la superficie y llegar a los reactores. La tensión estalla cuando los marines responden con desprecio a la oferta de ayuda humana, lo que lleva a Orphaeus a perder momentáneamente el control y agredir violentamente a uno de los soldados de Loreyn. Aunque el sargento finalmente libera al hombre tras los ruegos de la Hospitalaria, reafirma la jerarquía de los Adeptus Astartes, permitiendo que los humanos los sigan solo bajo una obediencia total y en silencio.

La escuadra de los Ángeles Sangrientos se infiltra en el complejo de factorías de la colmena a través de antiguos túneles mineros. Antes de entrar, la Hospitalaria Loreyn pide clemencia por los esclavos humanos obligados a trabajar allí, pero Gavriel los desprecia internamente por haber preferido la servidumbre a la muerte. Al iniciar el asalto, el sargento Orphaeus ordena una limpieza total; la unidad combate con una ferocidad depredadora que no distingue entre capataces orkos y siervos humanos. Gavriel logra sabotear la maquinaria pesada enemiga y se enfrenta a un psíquico xenos que, tras herirlo, escapa por un portal disforme. Al terminar la lucha, el suelo queda cubierto de cadáveres humanos masacrados por los bólteres imperiales, un hecho que los marines aceptan como un costo aceptable, ante la mirada horrorizada de Loreyn.

Posteriormente, el grupo llega a la Catedral de los Mártires Ahogados, un sector fortificado donde reside la Canonesa Sabreen, ahora una anciana lisiada por décadas de guerra. Allí, Orphaeus revela la crudeza de su objetivo: sobrecargar los reactores para vaporizar la Colmena Tártaro y negar sus recursos al enemigo, una acción que condenará a todos los supervivientes que no logren evacuar. Sabreen acepta el «martirio» de la ciudad con resignación, pero solicita permiso para guiar a su gente hacia un búnker atómico en las profundidades antes de la detonación.

El conflicto interno estalla cuando Gavriel comprende que la misión tiene un trasfondo secreto relacionado con el «Espectro de Armagedón». Gavriel se siente traicionado al descubrir que Orphaeus oculta un motivo secreto: contactar al «Espectro». Resiente ser tratado como una herramienta prescindible sin voz en el mando. El veterano Adonai lo humilla recordándole que aún no ha ganado la confianza necesaria para conocer tales misterios. Pese a las fricciones, la unidad se pone en marcha hacia los reactores, dejando atrás un rastro de desolación y secretos no compartidos.

Destino y Ceniza

Gavriel avanza por los túneles del subsuelo con un profundo resentimiento hacia sus superiores debido al secretismo de la misión y el trato jerárquico que recibe. La Canonesa guía al escuadrón hasta una cámara colosal cubierta de hielo donde encuentran cientos de cadáveres orkos diseccionados y colgados de cadenas de forma artística. Tras una violenta tormenta psíquica de escarcha, aparece el Sacerdote Rúnico Einar Gunnarsson, el «Espectro», ante quien Orphaeus revela un mensaje del Bibliotecario Gethenius —el hijo del Mayor Roth— pidiéndole que rompa su exilio para salvar el planeta. Sin embargo, Einar rechaza ayudar, afirmando que la guerra es fútil y que el Imperio es una entidad traicionera que masacra a su propio pueblo, desapareciendo tras ser llamado cobarde por Adonai.

El grupo prosigue su camino hacia los reactores en medio de tensiones internas, especialmente cuando Tyndarian se burla de la compasión de Gavriel hacia los supervivientes humanos. Al cruzar un bloque de viviendas en ruinas rodeado de lodo tóxico, una columna de esclavos civiles aclama a los Ángeles Sangrientos como ángeles salvadores, lo que alerta a los guardias xenos y desencadena una emboscada masiva. Durante el brutal combate, el hambre de sangre se apodera de Gavriel, quien por poco sucumbe a la Sed Roja, masacrando a orkos y humanos por igual para beber su sangre. Finalmente, los marines logran replegarse y se refugian en una cripta de mármol negro, un lugar que los orkos evitan por temor a algo desconocido que acecha en su interior.

Los Ángeles Sangrientos se infiltran en el corazón energético de la ciudad, un complejo del Adeptus Mechanicus donde encuentran a cientos de orkos encadenados y conectados a electrodos para generar, regular o estabilizar la energía de la Colmena Tartarus. Morgantes desactiva el sistema de enfriamiento del reactor, iniciando una sobrecarga planificada para vaporizar la colmena y negarle sus recursos al enemigo. Los xenos cautivos despiertan en un frenesí violento y el grupo es emboscado por una enorme máquina de guerra excavadora que bloquea su única vía de escape. En el combate resultante, el sargento Orphaeus destruye el caminante con sus manos desnudas en un arrebato de ferocidad que empuja a toda la escuadra a sucumbir a la Sed Roja. Gavriel pierde el conocimiento cuando el techo de la cámara colapsa por las explosiones, despertando poco después en una ruina cercana con heridas mortales, un brazo inútil y ciego de un ojo.

La Hospitalaria Loreyn le comunica que es el único superviviente rescatado de los escombros y que el resto de su escuadra ha quedado sepultada en las profundidades. A pesar de su estado físico y su deseo de morir, la Canonesa Sabreen lo confronta y le recuerda que su propósito como Adeptus Astartes es proteger a la humanidad, específicamente a los sesenta y ocho civiles que aún resisten. Sabreen lleva al malherido marine ante el Lobo Espacial Einar para solicitarle que lo sane mediante sus artes místicas. Aunque Einar inicialmente desprecia la futilidad de la guerra imperial, queda impresionado por el orgullo de Gavriel al negarse a suplicar clemencia. En un acto de poder psíquico, el Sacerdote Rúnico restaura completamente el cuerpo de Gavriel, sanando sus huesos y devolviéndole la visión. Con su fuerza recuperada, Gavriel asume el liderazgo de los supervivientes humanos, decidido a escoltarlos hacia un búnker atómico antes de que los reactores destruyan la colmena.

Gavriel lidera a los sesenta y ocho supervivientes humanos a través de los niveles más profundos de la colmena hacia el búnker atómico, mientras son acosados por orkos pálidos y deformes que habitan en la oscuridad. Durante la huida, el psíquico orko reaparece a través de un portal y la Canonesa Sabreen lanza una carga suicida, logrando empalarlo con su vara nula antes de ser herida de muerte por una explosión de plasma y el asalto físico del enemigo. El Sacerdote Rúnico Einar llega al lugar y consuela a Sabreen en sus últimos momentos; antes de morir, ella le entrega el fragmento del cráneo de Roth y le exige que abandone su sentimiento de culpa y termine con su exilio espiritual.

Con los reactores de la colmena iniciando su secuencia final de autodestrucción, Gavriel escolta a los civiles hasta la entrada del refugio y ordena a la Hospitalaria Loreyn sellar la puerta desde el interior, sacrificándose para quedarse fuera y asegurar el cierre manual. Gavriel, gravemente herido y enfrentado al psíquico xenos que intenta abrir el búnker, es salvado por la intervención final de Einar, quien utiliza sus poderes de hielo para congelar y pulverizar al monstruo orco. Gavriel muere en paz cuando la explosión de los reactores consume el sector.

Tras la detonación masiva, Einar emerge ileso en la superficie de una Colmena Tártaro en ruinas. Al consultar sus piedras rúnicas para conocer su «wyrd» o destino, descubre con asombro que todas las caras están en blanco, lo que significa que su maldición ha terminado y finalmente es libre para decidir su propio futuro fuera de Armagedón. Mientras observa a lo lejos a los cuatro Ángeles Sangrientos supervivientes alejarse de la ciudad muerta, Einar recoge su hacha y camina hacia la luz del amanecer.

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