En un planeta remoto sin valor estratégico, salvo por un complejo sepulcral xeno del hemisferio norte, una fuerza de purga del Adeptus Mechanicus al mando del Archimagos Dominus Q-Lint SpaForrix3 se enfrenta a una guarnición necrona recién despertada. Ambos ejércitos quedan inmóviles durante horas porque los necrones están protegidos por un escudo de energía verdosa que las armas imperiales no logran atravesar. Q-Lint interpreta la falta de reacción enemiga como señal de debilidad o de fallas de mando, y además se obsesiona con el valor tecnológico del escudo, que considera un botín excepcional. Aun con señales confusas sobre posibles interferencias dimensionales y sin detectar con claridad presencia de “formas superiores” necronas que dirijan a la guarnición, decide forzar la situación: ordena desplegar estabilizadores de armazón para bloquear portales y presionar al enemigo, convencido de que eso provocará que bajen el escudo y entren en combate directo.
En paralelo, bajo tierra, el Magos Persecutor Camalin Hiax 43-Tau-Omicron trabaja con un pequeño séquito en abrir una cámara necrona mediante un “seguro encriptado” compuesto por bloques móviles de extrema precisión. Hiax está allí por castigo político y es especialista en retroingeniería xeno; odia la hipocresía de sus superiores, que lo condenan por usar tecnología alienígena mientras se benefician de sus resultados. Obtiene una solución con un 98.3% de precisión y decide aplicarla pese a las advertencias de su dataherrera 89-7, porque teme que Q-Lint desencadene un desastre en la superficie. Mientras Hiax avanza por fases con glifos y logra progresos reales hacia la apertura, las sacudidas del combate exterior empiezan a afectar la cámara. Cuando el temblor se vuelve demasiado fuerte, el mecanismo se bloquea por completo, los glifos se desvanecen y la oportunidad se pierde. Hiax concluye que ya no podrán acceder a la cámara y, para evitar que los necrones recuperen lo que hay dentro, decide destruirla: ordena colocar todos los frascos de fusión e inicia una demolición total de la zona del acceso.
Al salir al exterior, Hiax confirma que en la llanura se libra una batalla frontal y poco sofisticada: ambos bandos se han limitado a avanzar y disparar en líneas. El Mechanicus tiene superioridad numérica, pero los necrones muestran una resistencia y una capacidad de recomposición mayores, lo que alarga el desgaste. Tras detonar las cargas, la destrucción del acceso es efectiva y violenta: el interior queda gasificado y expulsado por varias entradas. Hiax decide retirarse porque su misión quedó interrumpida y no son una unidad de combate; sin embargo, en la ladera aparecen espectros necrones. En el choque, uno de los espectros mata de forma inmediata e irrecuperable a la dataherrera 89-7, y el grupo queda al borde del colapso. Hiax intenta usar un dispositivo necrón robado para interferir la señal de mando de un espectro, pero el intento se revierte: el código hostil toma control de su propio brazo augmentado y lo obliga a luchar contra su propio miembro. Al ver que no puede desacoplarlo, Hiax se cercena el brazo para sobrevivir y, con sus armas, consigue destruir al espectro atacante. Osel-den queda vivo pero chamuscado, Chul-phi elimina a otro espectro con eficacia brutal, y el grupo detecta movimiento extendido bajo toda la ladera, lo que indica que más amenazas están activándose. Con pérdidas graves (un brazo, la especialista 89-7 y el equipo xeno clave), Hiax aborta por completo la operación y despega rumbo a la nave Pureza del Acero, dejando la batalla terrestre atrás.
En la superficie, Q-Lint consigue exactamente lo que buscaba al desplegar los estabilizadores: el escudo necrón se apaga y la guarnición empieza a marchar de forma automática hacia las líneas del Mechanicus. Q-Lint ordena el asalto general y, pese a recibir recomendaciones de cautela y a que su propio equipo reconoce señales de control automatizado extraño, se aferra a la idea de que está ante un enemigo degradado. Cuando le informan que Hiax se retiró sin éxito y que, además, lo culpa por la interrupción, Q-Lint decide que tomará la cámara “por la fuerza” aunque ya no exista, y se centra en cerrar la victoria militar y quedarse con la gloria. Para evitar que el mariscal Tol acumule méritos, Q-Lint ordena que la fase decisiva la ejecute la Legio Cybernetica: activa a los autómatas kastelan y los lanza al frente. La carga rompe las formaciones necronas y parece confirmar que el mando enemigo se deteriora. En ese punto, una intrusión intersticial detectada por Sigma-9 anuncia actividad dimensional: aparece un dron escarabajo que solicita intercambio de datos. Q-Lint, convencido de su ventaja, acepta el contacto esperando una rendición, pero la proyección que se manifiesta no ofrece capitulación: un necrón que se identifica como Phaeron Zhulkan exige que los imperiales se rindan y abandonen el mundo, amenazando con destruirlos. Q-Lint rechaza la exigencia, interpreta el gesto como insolencia o farol y destruye el dron. Esa acción funciona como detonante inmediato: el cielo se oscurece, una onda gravitatoria derriba combatientes de ambos bandos y, por fin, se manifiesta lo que su auguría no había detectado antes. Q-Lint comprende, demasiado tarde, que se aproximan auténticas formas superiores necronas, y que la batalla que creía resuelta acaba de entrar en una fase mucho más peligrosa.
Una onda gravitacional alcanza a la nave Pureza del Acero cuando ya se aleja de la órbita y casi la vuelca, obligando a su comandante, el magos Camalin Hiax, a tomar el control directo al detectarse la anomalía antes que el resto de la tripulación. En cuanto se conecta a la nave, confirma la causa del incidente: una flota necrona ha entrado al sistema por tecnología que no usa el empíreo, y la batalla ya está perdida para el destacamento mechanicus local. La nave de mando de la fuerza imperial es destruida en segundos por una colosal embarcación necrona, y las naves supervivientes se dispersan sin opción real de resistir. Hiax entiende que obedecer la orden superior de seguir bombardeando es condenarse; asume que el archimagos dominus morirá y decide huir para preservar la nave y, sobre todo, la información.
Como no pueden llegar al Punto Mandeville sin ser cazados, Hiax elige la única salida posible: una traducción de emergencia a la disformidad desde una gravipausa cercana a una luna, aun sabiendo que es una maniobra casi suicida por la inestabilidad del punto y la cercanía de una masa grande. Ignora protestas internas, incluso aparta a Osel-den de la noosfera para evitar que su pánico afecte al espíritu máquina, y ordena preparativos a la navegante Visscher. Los necrones los detectan y los interceptan con cazas; Hiax no responde con fuego para no alterar ni un mínimo los cálculos de ingreso. En el último instante, con los escudos colapsando bajo impactos gauss, ejecuta la traducción: el Campo Geller se activa, la nave recibe daño y logra cruzar a la disformidad por un margen mínimo. Ya a salvo, Hiax reproduce lo que alcanzó a registrar: la gran nave necrona estaba desprendiendo fragmentos enormes hacia el planeta, con apariencia de “pilones” desplegándose y una posible explicación de cómo los necrones están expandiendo un “nexus”. Consciente de que su rango de penitente hará que nadie lo escuche si no logra apoyo político, decide buscar un contacto con influencia: pregunta por la última ubicación conocida del Sexto Macroenclave de Ryza y pone rumbo hacia ese punto como primer paso para entregar la advertencia.
En paralelo, en el propio mundo atacado, el archimagos Q-Lint presencia la derrota total. La presencia de la nave necrona domina el cielo y la guerra terrestre se inclina de forma definitiva: guerreros necrones se reconstituyen bajo fuego, descienden monolitos masivos y se despliegan fuerzas frescas en centenares. El phaerón Zhulkan se manifiesta en persona, deja claro que la matanza es deliberada y ordena una descarga coordinada que desintegra el mando mechanicus. Q-Lint queda reducido, intenta reunir energía sin lograr efecto, y comprende que está solo. Zhulkan lo humilla, le comunica que su especie apenas merece tolerancia y que él ni siquiera será preservado como espécimen; luego materializa un arma avanzada y ejecuta a Q-Lint, cerrando cualquier posibilidad de resistencia organizada o de que esa parte de la fuerza mechanicus transmita su versión de los hechos.
En otro frente, Roboute Guilliman dirige un asalto subterráneo en Eriun para evitar una catástrofe planetaria: los Portadores de la Palabra han preparado un ruptor tectónico minero para perforar hasta el núcleo y devastar el mundo. Guilliman insiste en encabezar la carga pese a la oposición del tribuno custodes Maldovar Colquan, que lo considera un riesgo intolerable para el Imperio. El ataque se abre paso con una maniobra de distracción y una embestida directa del primarca, y el punto crítico llega cuando Guilliman salta a una caverna más profunda para alcanzar el ruptor antes de que sea demasiado tarde. Colquan lo sigue, se lesiona en la caída y comprueba que no hay una trampa “heroica”: el enemigo ha reutilizado maquinaria utilitaria para destruir por rabia más que por estrategia. Guilliman desactiva el ruptor con un solo gesto decisivo, estabilizando la situación del planeta, pero el choque con Colquan queda abierto: el custodes ve en esa conducta una mezcla peligrosa de necesidad y deseo de combate, y Guilliman admite, sin ocultarlo, que le resulta “grato” hacerlo con su propia mano y que es, en esencia, un arma que busca usarse.
Apenas termina esa crisis, Guilliman recibe otra, política y estratégica: llega una delegación de Marte con un emisario del Fabricador General exigiendo audiencia inmediata. En la audiencia, el archimagos emisario admite que durante años se ocultó información y que, tras una crisis sucesoria en Marte, el nuevo Fabricador General decide “limpiar” el registro y hablar. Guilliman interpreta el retraso como oportunismo: Marte habría minimizado deliberadamente la amenaza necrona para beneficiarse extrayendo piedranegra y explotando xenotecnología, y solo ahora acude porque está perdiendo una guerra que ayudó a agravar. El emisario insiste en que han consolidado y verificado datos a escala masiva y que la conclusión es inequívoca: los necrones están despertando en todas partes. Guilliman lo despacha sin concesiones, lo retiene bajo su autoridad y ordena la transferencia inmediata de toda la información disponible. Ya solo, decide actuar con urgencia: manda convocar a Lady Blaaz para disponer de los mejores astrópatas, reúne escribas y oráculos, y ordena que la Flota Primus se reagrupe, asumiendo que lo que se avecina es una crisis mayor donde la guerra y la política se entrelazan de forma inseparable.
Illiyanne Natasé es un aeldari aislado dentro del Amanecer de Fuego, parte de la flota de Guilliman bajo cuidado permanente de Vengadores Implacables, porque la xenofobia humana lo vuelve un blanco para casi cualquiera. En sus aposentos, la convivencia con los humanos le resulta físicamente insoportable: el olor de sus cuerpos y de sus máquinas lo abruma al punto de depender de un aceite aeldari para poder respirar y concentrarse, aunque sabe que abusar de él le irrita la piel y puede dañarlo. Aun así, necesita intentar un ritual de adivinación y prepara sus runas sobre un paño, buscando orden y un poco de “caos” deliberado para que la lectura funcione, mientras su frustración crece por lo hostil que siente la nave y por cómo la miseria humana parece filtrarse incluso en su mente.
Cuando intenta entrar en trance, descubre que el ruido constante de la tecnología humana y la presencia misma del lugar le arruinan la concentración. Llega a expulsar a uno de sus guardias porque hasta su respiración lo desconcentra, y solo entonces logra el cambio mental necesario: sus runas se elevan y empieza a mirar más allá del materium hacia el borde de la Disformidad, sin entrar de lleno porque sabe que es peligroso incluso contemplarla. Allí percibe algo crucial: la huella de la humanidad también ensucia ese “otro mar”, y la escala de su presencia lo confirma como un factor central del destino galáctico. En su visión aparece el “ovillo” de futuros posibles como una red de rutas que se multiplican; sin embargo, cuando intenta seguir los caminos que involucran a Guilliman, se topa con un límite: el vínculo del primarca con el Emperador vuelve opacas muchas sendas, y la presencia del Anathema quema o borra la lectura cerca de ese punto. Aun así, Natasé alcanza a ver guerra masiva contra los “sin alma” necrones, monumentos de blackstone, y una campaña de escala colosal. La visión se quiebra de forma violenta cuando aparece una figura de plata y el futuro alrededor de Guilliman se vuelve inabarcable; Natasé fuerza otra lectura y, pese al dolor y al desgaste, concluye que la mayoría de rutas llevan a la caída de Guilliman y a un desenlace extremo para la realidad: o dominación del Caos o una eternidad estéril, con apenas unos hilos raros de esperanza si se toman oportunidades muy específicas. Sale del trance convencido de que debe advertir al primarca.
Después, Natasé es retenido fuera de la vista en una antesala durante una audiencia. Cuando por fin lo llaman, comparece ante Guilliman. Natasé le dice sin rodeos que ha recorrido el ovillo y que no debe comprometerse con el ataque planeado contra los necrones, porque conduce al desastre; añade que el gobernante necrón ha regresado y que se están organizando con una coordinación que confirma una autoridad central. Guilliman escucha, pero le pide precisión: quiere saber si el desastre es inevitable o si se trata de una consecuencia futura. Natasé aclara que no es una certeza absoluta, aunque las rutas seguras son pocas, y le advierte que si Guilliman cae, la guerra “vieja” termina y el universo se desgarra.
Guilliman, sin embargo, decide seguir adelante. Reconoce el valor del aviso, pero desconfía de la naturaleza misma de la profecía: entiende que el ovillo sirve a los intereses aeldari y plantea la posibilidad de que, al evitar el desastre que amenaza a su especie, el consejo de Natasé pueda empujar a la humanidad hacia una caída distinta. Natasé niega que esa sea su intención, pero no puede garantizar que su visión no esté sesgada por su papel y su casta. Guilliman insiste en que las profecías a menudo fallan o se cumplen por miedo, y le recalca que, si hay siquiera un sendero estrecho hacia la victoria, lo encontrará sin abandonar la confrontación. Natasé intenta reforzar la advertencia recordando la magnitud histórica de los necrones, su capacidad para derrotar a los Antiguos y “matar a sus propios dioses”, y el peligro que implica el regreso del Rey Silente, pero Guilliman se mantiene: la campaña continúa, y sostiene que no es una marioneta, aunque admita no poder estar seguro de que su voluntad sea completamente suya. Aun así, como gesto político y estratégico, Guilliman anuncia que instaurará un consejo de psíquicos para guiarse en guerras “de dioses” y le pide a Natasé que se siente en él. Natasé acepta con frialdad y deja claro que, si Guilliman sobrevive, será casi un milagro, porque el enemigo que ha visto lo supera.
De regreso a sus cámaras, Natasé intenta contactar a Eldrad Ulthran para pedir consejo, pero el dominio necrón vuelve la Disformidad un espacio muerto donde la comunicación psíquica se apaga, y entiende que pronto será peor al aproximarse a la Anomalía Nephilim. Ante esa imposibilidad, lanza una petición de ayuda que pueda captar cualquier aeldari que aún lo oiga y prepara una contingencia física: usando hueso espectral, canta y moldea una de sus esculturas hasta fusionarla con el muro metálico y hacer crecer una puerta hacia la Telaraña, que oculta tras un tapiz. Con eso deja listo un escape o recurso alterno si todo se derrumba, porque ya no confía en que la advertencia por sí sola vaya a cambiar el curso.
En un hilo paralelo, Vitrian Messinius, capitán de los Cónsules Blancos y comandante imperial en funciones, toma el Salón de la Asamblea en Antopie y enfrenta a Andraes Kinshell, líder de una rebelión sofocada, rodeado por lo que queda de su Guardia Presidial. Messinius exige rendición y arrodillamiento; la tensión es inmediata porque los rebeldes aún dudan entre disparar o entregarse, y los Exploradores Askani los tienen encañonados desde las gradas. El Adeptus Arbites confirma el debido proceso, y Messinius dicta sentencia de muerte para Kinshell y sus hombres. Un coronel llamado Galius, que aún porta medallas imperiales pese a su traición, pide clemencia para los soldados y propone que se les permita servir en legiones penales o al menos morir como guerreros frente a los cañones. Messinius rechaza ambas opciones: decide un castigo ejemplar y ordena que los cuelguen y exhiban los cuerpos para intimidar a la población local. Cuando un oficial sugiere actuar rápido para salvar el edificio, Messinius lo niega y ordena dejar que el Salón de la Asamblea se incendie por completo, sellando así la derrota política de la rebelión en Antopie.
Messinius regresa al cuartel general instalado en las oficinas fortificadas del Administratum cuando la ciudad todavía arde, pero la lucha ya terminó. El protocolo de los Cónsules Blancos sugeriría despoblar el mundo como castigo estándar, pero lo descarta porque repoblar sería casi imposible por falta de naves. La reconquista le deja obligado a asumir tareas administrativas masivas, preparando un gobierno sustituto, imponiendo condiciones a las familias nobles supervivientes, entre otros. Aunque dispone de miles de funcionarios para ejecutar órdenes, la responsabilidad final recae en él y lo aplasta.
De madrugada, agotado, se retira por fin a unas cámaras adecuadas para su tamaño y se permite un baño y el desmontaje de la armadura. Aun en descanso, mantiene la idea de que sigue en zona de guerra, pero acepta que por ahora la pelea terminó. En ese margen de calma recibe la visita del capitán Thothven, un Escudo Gris de los Hijos Innumerables de Guilliman asignado a la Flota Tertius. Thothven informa que las bajas entre sus hombres fueron mínimas y comenta que ya quedan pocos Escudos Grises y su reasignación parece cercana. La conversación se corta cuando irrumpe una delegación con un mensaje de máxima prioridad: la Flota Tertius debe reunirse completa por primera vez desde el inicio de la cruzada.
En otro escenario, Belisarius Cawl revisa la información y se la explica a Qvo: el representante del Fabricador General de Marte le reveló a Guilliman que Marte ha estado ocultando el alcance real del despertar necrón y que su propia guerra encubierta va mal. Cawl interpreta la situación como una confirmación de que el problema necrón es más vasto de lo que incluso él había estimado y concluye que Guilliman se moverá hacia la Anomalía Nephilim, que crece con rapidez y contiene cantidades inmensas de necrones. Cawl sostiene que la humanidad no compite en igualdad tecnológica con ellos y que, salvo por su propia capacidad, están tratando de ponerse al día en un juego perdido; aun así, quiere acudir porque ve valor estratégico y experimental en una campaña a gran escala y se prepara para responder al primarca.
Mientras tanto, Camalin Hiax llega a Balor, un mundo oceánico explotado por minería y ahora transformado por decreto imperial en base naval y astillero, con cicatrices recientes de invasiones disformes. Su destino es el Zar Quaesitor, el Arca Mechanicus excepcional de Cawl, tan grande que desborda cualquier medida intuitiva. Hiax debe pasar por Zellopine, un tecnosacerdote de Ryza que acepta llevarlo a Cawl solo porque está atrapado: teme quedar asociado con un magos penitente y renegado, pero sus propios intereses y una deuda previa lo obligan. Zellopine escolta al clado de Hiax a detención separada, lo traslada por rutas discretas, le exige destruir registros de memoria que prueben su antiguo contacto con xenotecnología y lo deja en la esclusa del Zar Quaesitor, donde Hiax supera protocolos de descontaminación y controles hostiles antes de ser admitido.
Dentro de la nave, un marine espacial gigantesco llamado Primus lo guía sin explicaciones hacia el Archivo Necrón, evitando mostrarle las áreas clave del navío. Allí, Hiax encuentra un “archivo” que en la práctica es un basurero de xenotecnología: cápsulas de estasis, restos de guerreros necrones, maquinaria de noctilita, armas y artefactos mezclados sin orden, además de híbridos de tecnologías humanas y xenos. En el centro, Cawl trabaja sobre el cuerpo de un tecnomante necrón, intentando extraer patrones de codificación subdimensional que le permitan operar sistemas necrones como lo hacen ellos, y no mediante manipulación burda. El experimento falla de nuevo por los protocolos de autodestrucción: el cryptek colapsa, los datos se pierden y Cawl admite que necesita un ejemplar activo para obtener lo que busca, incluso “hablando” con uno si fuera necesario.
Cawl entonces revela por qué aceptó ver a Hiax. Primero, porque Hiax envió hace una década un aviso a Terra sobre fenómenos del Sector Nephilim, y ese reporte fue uno entre miles que llegaron de manera anómala y terminaron en manos de un adepto elegido por Guilliman, hecho que Cawl interpreta como una cadena de causalidades extraordinarias que ha empujado al primarca a actuar. Segundo, porque Hiax trae un testimonio clave: vio una nave necrona que siembra pilones y deduce que así están expandiendo el Nexo Paria, profundizando la zona muerta que bloquea el viaje por la Disformidad y la astrotelepatía, y que ya podría explicar la desaparición de fuerzas imperiales como el Grupo de Batalla Kallides. Cawl confirma que otros también han visto esas naves y admite que el efecto de una red activa de pilones sobre la psique humana es devastador y estratégico.
Con ese marco, Cawl expone su posición central: no pretende “romper” la red, sino apropiarse de ella. Sostiene que la tecnología, incluida la de los pilones, es moralmente neutral y que, usada en el lugar correcto, podría servir a la humanidad para cerrar la Gran Fisura. Afirma estar cerca de replicar aspectos físicos de la tecnología necrona y cree que con el código de comando podría lograrlo. Hiax, escandalizado por la escala de la herejía tecnológica que escucha, considera marcharse, pero entiende que sus alternativas son mínimas: regresar a Ryza como penitente o aceptar la oferta de Cawl. Hiax cede, poniéndose al servicio de Cawl, lo que lo ata de lleno a la próxima gran operación alrededor de la Anomalía Nephilim y a los planes del archimagos para “robar” el poder necrón en vez de destruirlo.
Mientras tanto, Messinius, al mando del Ancla de la Fe, sale de la Disformidad y llega al sistema Mornthar a un punto de concentración inusualmente grande. Ordena barridos augúricos y al observar el hololito reconstruye que allí hubo una victoria total: dos fuerzas de Portadores de la Palabra fueron perseguidas mientras intentaban huir y quedaron aniquiladas. Recibe un mensaje personal de la maestra de flota VanLeskus convocándolo a un banquete obligatorio para capitanes y superiores, un acto social que él considera inútil pero que debe obedecer.
En el Precept Magnificat, el banquete resulta ser una exhibición de poder y propaganda. Messinius evita involucrarse en las intrigas, pero termina cruzándose con VanLeskus: ella busca provocarlo, él le responde con frialdad y le marca un límite al criticar la falta de contención, y la conversación queda envenenada. Luego aparece Eloise Athagey, que arrastra a Messinius a beber con ella y con su ayudante Finnula Diomed. Athagey presume que la trampa que destruyó a los Portadores de la Palabra en Mornthar fue obra del Grupo de Batalla Iolus y que VanLeskus se está quedando con el crédito, dejando claro un resentimiento que intensifica la tensión interna entre mandos. VanLeskus da un discurso a toda la flota: confirma que la Flota Tertius se rearmará seis semanas y después se dirigirá al sistema Balor para iniciar una nueva campaña contra los necrones, ligada a la Anomalía Nephilim. Tras el discurso, VanLeskus aparta a Messinius y le comunica que será relevado del mando del Grupo de Batalla Jovian porque Guilliman lo reclama directamente a su lado; el cambio lo saca de su posición actual y lo ata a decisiones del regente, mientras Athagey queda furiosa por la medida.
En otro lado del universo, Shanni Saintsgift encabeza un asalto frontal de fanáticos imperiales contra una línea enemiga en una ciudad devastada. Se lanza al ataque convencida de estar protegida por el Emperador y, en efecto, atraviesa el fuego sin sufrir una sola herida, mientras cientos y luego miles de sus seguidores mueren alrededor de ella. La horda logra romper la primera resistencia y, en el combate cuerpo a cuerpo, Shanni mata a un desertor y sigue empujando a los suyos a exterminar sin distinción a cultistas y pseudohumanos. En un punto crítico, identifica que un hombre bestia herido se ha vuelto un símbolo para los enemigos y que su presencia sostiene su moral; decide abrirse paso y lo remata personalmente. La muerte de la bestia quiebra el ánimo del enemigo inmediato y acelera el colapso de esa sección del frente. Poco después, el apoyo imperial se impone con cañoneras y golpes orbitales, y la retirada de los herejes se convierte en desbandada; las fuerzas leales los persiguen y rematan mientras la Adepta Sororitas limpia la zona de combatientes más peligrosos.
Con la batalla ya decidida, comienza el trabajo de purga y clasificación de la población: separar fieles de traidores para preservar a los primeros y castigar a los segundos. La Canonesa Gracia Emmanuelle, al mando de la Orden del Velo Argenta, recibe a Shanni en su puesto de mando. Un frateris exaltado intenta proclamarlos milagros y elevar a Shanni como santa, pero Emmanuelle lo hace callar y se concentra en lo que le importa: comprobar qué ocurrió y, sobre todo, el costo. Shanni admite que el ataque se llevó alrededor de dos mil fieles. Emmanuelle la reprende con frialdad: le había pedido esperar unos minutos para reducir bajas, y Shanni desobedeció por impulso y fervor. La canonesa deja claro que la fe no justifica desperdiciar vidas útiles y que, si van a operar juntas, Shanni tendrá que obedecer órdenes. Shanni, que en combate parece incapaz de sentir miedo, queda emocionalmente desarmada ante el regaño y acepta, aunque con resistencia ideológica, porque solo reconoce autoridad directa del Emperador. Cuando Shanni y el frateris se van, Emmanuelle y la Palatine Marian concluyen que Shanni es peligrosa por su inestabilidad y su sed de sangre, aunque también valiosa porque inspira y arrastra multitudes. Emmanuelle rechaza la idea de reclutarla formalmente: no la considera apta ni cree que sea una santa, aunque admite que algo la rodea y que su “invulnerabilidad” se siente real. Marian advierte que los rumores sobre santidad pueden volverse un problema en una cruzada donde la población está al límite de la histeria religiosa, y Emmanuelle ordena cortar esa narrativa dentro de sus propias filas: lo milagroso puede disfrazar corrupción y ellas no tienen autoridad para canonizar a nadie.
Enseguida llega una comunicación astropática de prioridad máxima: el primarca llama. Emmanuelle decide movilizar a las supervivientes de mando, restaurar un enlace estable y partir cuanto antes del lugar para responder a esa convocatoria, dejando atrás la etapa de limpieza local.
En paralelo, en las cubiertas bajas de la nave Ancla de la Fe, Allon despierta en medio de kláxones y maltrato rutinario. Vive con jaquecas y pesadillas cada vez más intensas durante una tormenta de disformidad que sacude la nave sin tregua. Su único sostén es Oost, su compañero de trabajo, que incluso cede parte de su ración de agua para que no los separen y repiten entre ellos una frase privada como amuleto de cordura: “un montón de amistad”. Salen a su turno de mantenimiento, engrasando puertas y mecanismos, y Allon muestra otra vez una intuición inquietante, como si “supiera” dónde están cosas que no debería. En un pasillo, Allon escucha una voz que lo llama desde una abertura oscura; por un instante cree oír a su esposa y se acerca, hasta que Oost lo toca y Allon reacciona con violencia, lo empuja y luego se disculpa atribuyéndolo a la tormenta. La tensión queda sembrada: algo lo está buscando y lo está debilitando.
Esa noche, atrapado entre sueño y vigilia, Allon cae en una visión nítida de su hogar y del día en que fue reclutado a la fuerza. La voz se presenta con una oferta: reescribir su vida para que nunca lo hayan llevado, devolverle a su esposa y su mundo, a cambio de “dejarlo entrar”. Allon entiende que es una tentación corrupta y aun así cede, agotado por años de miseria y dolor, y acepta. En la realidad, sufre un ataque en la hamaca; los capataces deciden llevarlo a la Capilla de la Misericordia porque no hay otra opción para gente como ellos. Antes de que puedan moverlo, Allon cambia: sus ojos se vuelven negros y profundos, y una entidad habla desde su boca diciendo que Allon “ya se fue a casa”. El horror se desata en el dormitorio abarrotado: la criatura usa fuego imposible que derrite y quema, mata a Ivers de forma atroz y prende las hamacas empapadas de grasa. En el caos, la entidad se burla de Oost usando su frase íntima y lo envuelve en llamas, prolongándole la muerte.
Messinius, a bordo del Ancla de la Fe mientras la flota atraviesa una tormenta de disformidad, detecta un incendio “menor” en cubiertas bajas y concluye que no se comporta como un fuego normal. Releva al oficial que intenta minimizarlo, ordena evacuar y sellar la sección, y convoca a Thothven, a parte de los Astartes disponibles y a los dos Bibliotecarios. También consulta a los Navegadores: salir de la disformidad en ese momento arrastraría a otras naves y provocaría pérdidas masivas, así que asume que deben contener lo que sea que esté ocurriendo.
Al entrar en la zona, el fuego y los sensores se vuelven incoherentes. Messinius y el hermano Artesian se topan con Nunca Nacidos ligados a Tzeentch; el combate confirma que hay manifestación demoníaca, y Artesian muere de forma fulminante por llamas hechiceriles. Messinius casi queda sepultado por la marea de criaturas hasta que el Bibliotecario Tillanus interviene, despeja el pasillo y le informa que ha localizado el punto de entrada: hay un portal abierto y, mientras siga así, la nave puede ser asaltada sin límite. Con esa guía, los grupos convergen hacia el “corazón” de la incursión, pero el espacio se deforma, el vox miente y la nave deja de obedecer su propio plano, señal de que están siendo conducidos a una trampa cuyo objetivo principal es Messinius por su cercanía a Guilliman.
Al llegar a un umbral de oscuridad sólida, Tillanus desaparece al cruzarlo. Messinius entra solo y es arrastrado a un escenario ilusorio donde una entidad le habla con conocimiento personal, intenta forzarlo a escuchar una “oferta” y una “advertencia”. Messinius se niega y la visión se rompe. Regresa a un dormitorio calcinado, con restos humanos apilados y un cadáver sentado en postura serena con una rama fresca sobre las rodillas. Ordena incinerar y expulsar los cuerpos, pero descubre que, aunque el avance de la nave se ha vuelto suave, no han salido de la disformidad: el Navegador principal explica que se acercan a Desembarco de Bane y a la Anomalía Nephilim, y que el “aquietamiento” provocado por tecnología xenos está calmando el empíreo. Messinius se prepara para presentarse ante Guilliman y evita explicar a Thothven lo que vivió.
En Desembarco de Bane, la archimaga emisaria Leeta Unter Sobel-Phi intenta reunirse con Belisarius Cawl para proponerlo como candidato a Fabricador General de Marte. Cawl no la recibe: envía a Qvo-87 como intermediario autorizado. Sobel-Phi confirma que Qvo es una creación anómala y le expone la oferta política: unificar al Culto y sacudirse la tutela de Terra. Qvo transmite la negativa absoluta de Cawl y deja claro que esa “unidad” derivaría en guerras internas y guerra abierta con Terra; Cawl prefiere seguir como científico y no convertirse en estandarte de facción alguna. Antes de irse, Sobel-Phi lanza una advertencia: hay verdades sobre la muerte de Oud Oudia Raskian que pocos conocen y que ponen en peligro a quienes las saben; destruye el portador de datos que traía para que solo Cawl lo leyera, y sugiere que se aproxima una guerra civil, instándolo a elegir bando antes de que la historia lo obligue.
Mientras tanto, Messinius llega al librarium de Guilliman y se reencuentra con su antiguo compañero Sicarius, cambiado por sus experiencias en la disformidad y ahora en la Guardia Victrix. Guilliman lo recibe y, tras una breve conversación, le da las noticias que definían la incertidumbre de Messinius: los Cónsules Blancos han sido prácticamente aniquilados; Sabatine está perdido e irredimiblemente contaminado, la flota del Capítulo destruida, y solo quedan localizados quince hermanos. Guilliman decide reconstruir el Capítulo con los Hijos Innumerables bajo el mando de Messinius, eleva a Borsellius como Maestro de Capítulo y convierte a los Cónsules Blancos en un Capítulo basado en flota, al menos por ahora. Luego revela el problema mayor: por presión política tras tensiones en Terra, planea desmantelar lo que queda de los Hijos Innumerables y, mientras tanto, ordena mezclar líneas genéticas en escuadras para reducir desconfianza entre descendencias de primarcas. Finalmente, adelanta el eje de la campaña inmediata: una ofensiva para invadir y debilitar el control necrón sobre el Sector Nephilim, asunto que será explicado en detalle por Cawl en la convocatoria del día siguiente.
Messinius y Thothven llegan al Gran Estrategium para la Convocatoria del Sector Nephilim sin conocer aún sus órdenes concretas, con la sensación de que la magnitud de la reunión anuncia una campaña difícil. Guilliman abre la sesión y obliga a la archimaga emisaria Leeta Unter Sobel-Phi a exponer públicamente una confesión del Adeptus Mechanicus: durante años proporcionaron datos incompletos sobre los necrones y la extensión real de su dominio es mucho mayor de lo admitido, con presencia que se superpone de forma peligrosa con territorios imperiales. La revelación provoca indignación, pero Guilliman corta la reacción: exige unidad y acción inmediata en lugar de recriminaciones, y convoca a Belisarius Cawl para explicar la naturaleza del problema y la respuesta estratégica.
Cawl presenta el Nexo Paria (Anomalía Nephilim) como el resultado de una red de pilones necrones que amortiguan y, en zonas profundas, prácticamente separan el materium del immaterium, con consecuencias directas: comunicación astropática degradada o imposible, navegación disforme amenazada y un “aquietamiento” que vuelve a los humanos letárgicos o catatónicos. Guilliman añade que ya envió tiempo atrás un reconocimiento en fuerza (el Grupo de Batalla Kallides) y que, a medida que avanzaron, los reportes describieron mundos humanos vacíos, tripulaciones inertes y pérdidas crecientes; tras el primer gran choque y el hallazgo de pilones, los mensajes cesaron y el nexo siguió expandiéndose. Cawl propone un plan para golpear la red por partes y anuncia un ataque visible contra objetivos que atraigan la reacción necrona, repartiendo órdenes a las flotas y dejando claro que no tolerará más interrupciones: lo decisivo es romper el sistema que sostiene el nexo, no discutir doctrinas.
Esa misma noche, en privado en el librarium, Guilliman, Cawl, Messinius y Thothven afinan lo que no se dijo ante la asamblea. Cawl reconoce que el plan mostrado en público es una simplificación y revela el verdadero objetivo: un mundo de pilones clave que llama “Planeta 7/2”, en el Sistema Tredica, recientemente modificado a escala masiva con Noctilita y convertido en un mecanismo de control de una porción significativa de la red. Guilliman asigna la misión a los Cónsules Blancos renacidos bajo el mando de Messinius, y Cawl detalla el método: inserción obligatoria en cápsulas de desembarco con sistemas mínimos, usando falsificación de identificación xenos y camuflaje para entrar como si fueran escombros de las lluvias orbitales del planeta; los descensos deberán ejecutarse con propulsores manuales, lo que eleva el riesgo. Una vez en tierra, desplegarán dispositivos de ocultamiento más potentes que permitirán bajar refuerzos y aeronaves; el grupo se dividirá, con un equipo liderado por el Magos Persecutor Camalin Hiax para sabotear la capacidad necrona de reforzarse e impedir aperturas transdimensionales, y con Cawl dirigiéndose a una estructura principal para introducir código xenos y tomar control de la red local de monolitos, abriendo así un corredor operativo hacia el interior del nexo para que las flotas imperiales ejecuten ataques secundarios (incluido Exterminatus si hace falta). Guilliman se niega a revelar qué mundos secundarios serán esos y ordena compartimentar la información: mientras menos se sepa, menor el riesgo de filtración.
El plan global queda claro en esa conversación: habrá dos señuelos mayores para obligar a los necrones a dividir su respuesta. Una flota hará una ofensiva visible para evitar que se restablezca una cabeza de puente en Paradyce; otro foco atraerá atención adicional. Guilliman asume deliberadamente el papel de cebo por su valor simbólico y estratégico, aceptando el riesgo personal para forzar una elección al enemigo y ganar el tiempo necesario para que el golpe real en el Planeta 7/2 se ejecute con sigilo y velocidad. Guilliman refuerza por qué eligió a Messinius: su capacidad, la falta de experiencia previa de sus hombres con esta región y, por tanto, la menor probabilidad de contaminación o compromisos que delaten la operación; Messinius acepta la carga y promete cumplir.
En paralelo, en la Flota Tertius, la maestra de grupo Eloise Athagey atraviesa una espera tensa antes de la acción sobre Paradyce y se refugia a solas, bebiendo y rumiando inseguridades mientras millones combaten abajo. Diomed le avisa a escondidas que la maestra de flota VanLeskus ya está a bordo y va hacia ella; VanLeskus entra sin ceremonia y enfrenta a Athagey con sus hábitos, su conducta errática y su valor como comandante. La conversación se vuelve un choque directo: Athagey acusa a VanLeskus de arrogancia, de haberla apartado y de temer la competencia; VanLeskus responde que asignó a Athagey tareas duras por considerarla capaz y admite la frustración moral de tener que esperar mientras mueren incontables soldados por necesidad estratégica. Entre reproches y honestidad, ambas terminan alineándose en lo esencial: aceptan que el plan del primarca es el único curso viable aunque sea cruel en costos, brindan por Paradyce y pactan una tregua personal para reservar su agresión para el enemigo y afrontar juntas la campaña que viene.
Tres días antes del asalto, Messinius reúne en el hangar a los últimos cuatrocientos veintiséis Primaris que aún dependen de él y les anuncia una decisión que redefine su identidad: la hermandad de los Hijos Innumerables deja de existir. La tropa responde con un nuevo grito de guerra y entregan equipo para ser rehecho y repintado; Messinius, aunque los enciende con el rito y el banquete posterior, queda con una certeza amarga de que los está conduciendo hacia una misión que puede destruirlos.
Ya en el teatro de operaciones, el maestre de flota Isaiah Khestrin dirige la Flota Primus mientras el Amanecer de Fuego sale de la disformidad con una suavidad anormal, señal de que el “aquietamiento” del Nexo Paria altera incluso la traslación. Tras evaluar el sistema Zeidos, Guilliman ordena iniciar el ataque con un plan deliberadamente “torpe” para engañar a los necrones: Alpharis avanza de inmediato sobre Mesmoch, Betaris debe retrasarse y Gammaris moverse en orden fracturado para aparentar descoordinación y atraer al enemigo a una lectura equivocada de sus capacidades. Khestrin ejecuta las órdenes y pone en marcha las comunicaciones para sincronizar el inicio de la ofensiva.
En Paradyce, la maestra de flota VanLeskus conduce el combate orbital y logra destruir un crucero necrón que intentaba retirarse por desmaterialización. La victoria confirma dos cosas importantes: las naves necronas son extremadamente maniobrables y pueden “desaparecer” si no se las remata a tiempo, y aun con superioridad numérica el Imperium paga la pelea con tensión creciente porque el efecto del nexo drena la voluntad, enferma a psíquicos y navegares, y vuelve incierto cualquier pronóstico sobre fuerzas ya enviadas al interior. VanLeskus frena la euforia de su tripulación y asume que esto es apenas el comienzo.
En paralelo, Messinius y los Cónsules Blancos ejecutan la fase clave del plan de Cawl: un descenso sigiloso sobre el Planeta 7/2 usando dispositivos xenos de camuflaje que emiten luz verde. Messinius desconfía de depender de tecnología necrona, pero no tiene alternativa. Cawl llega con Alfa Primus, admite abiertamente que Primus es un psíquico potente y que será parte de la misión para protegerlo; Messinius lo tolera a regañadientes. Para evitar detección, apagan sistemas, renuncian al pilotaje automático y bajan en cápsulas con guiado manual, asumiendo un riesgo mayor de desmayo y fallo por las fuerzas del descenso. La primera oleada aterriza sin ser detectada; al comprobar que el camuflaje funciona, Messinius ordena establecer la cabeza de infiltración y comenzar el trabajo contra reloj en un mundo negro saturado de constructos necrones, consciente de que una sola alerta arruinaría toda la operación.
En otro frente, Shanni Saintsgift desciende con una nave catedral llena de fanáticos. El aterrizaje se convierte en masacre antes de tocar suelo por el fuego gauss que perfora casco y cuerpos, y por el pánico y los fallos mecánicos al abrir compuertas. Aun así, los supervivientes salen y se arrojan al ataque junto a tropas regulares y blindados, apoyados por bombardeo orbital. Shanni presencia por primera vez la guerra contra necrones en tierra: armas gauss que deshacen carne y equipo, enjambres de constructos que exterminan masas, y autómatas que pueden recomponerse o desaparecer tras caer. Ella sigue avanzando impulsada por la fe y se integra al empuje general que rompe la línea fortificada, aunque el costo humano es descomunal.
Mientras el Grupo de Batalla de Marron sostiene una base en Paradyce, la Canonesa Emmanuelle constata el efecto pleno del “embotamiento”: soldados apáticos, enfermos y catatónicos, incapaces de pelear y casi sin fe. Emmanuelle decide usar su autoridad religiosa como herramienta de guerra y ordena un esfuerzo sistemático de oración y presencia de Hermanas en las estaciones medicae; su intervención reactiva a numerosos soldados lo suficiente para que vuelvan a levantarse y tomar armas, reforzando la idea de que la fe puede mitigar el efecto mental del nexo. Luego exige ver a un mensajero sobreviviente que llegó en una nave dañada y que, según dicen, está bajo influencia xenos. El hombre confirma que los necrones pueden imponer control y que llevan un mensaje destinado solo a Guilliman; forzado al límite, logra pronunciar una advertencia clave antes de suicidarse para evitar que “eso” salga de su cabeza: el Rey Silente está viniendo. Emmanuelle ordena quemar el cadáver al ver motas verdes en la masa cerebral, y en ese mismo momento reciben alerta de una flota grande en las cercanías.
Messinius y sus Cónsules Blancos ya están en el Planeta 7/2 operando con el camuflaje necrón de Cawl cuando llega la primera oleada de refuerzos por thunderhawk, guiada por una señal mínima para no delatarse. Cawl desciende con skitarii, servidores pesados y el magos Camalin Hiax con su séquito, y deja claro que, si alguna máquina del complejo “despierta” y los identifica, todos morirán. Messinius establece un perímetro defensivo en la zona de aterrizaje para ganar tiempo si son descubiertos, y separa las tareas: Cawl y Alfa Primus avanzarán hacia su pirámide de control; Messinius acompaña a Hiax con treinta marines hacia otra pirámide objetivo para sabotearla.
En el ascenso, el “embotamiento” del Nexo Paria les drena la lucidez y el ímpetu incluso con estimulantes, y Messinius prueba en persona el dispositivo de camuflaje cruzando una escalera vigilada por un gran autómata canóptico. La máquina lo examina, detecta el artefacto injertado en su armadura y, convencida, lo deja pasar; con eso confirma que pueden infiltrarse, pero también que dependen por completo de una intervención blasfema que podría fallar en cualquier momento. Ya dentro, Hiax guía al grupo por túneles hacia cámaras clave y descubren algo que cambia el riesgo de la misión: salas enormes con cien compuertas cada una, mucho más de lo esperable, lo que indica que el lugar es central para la logística necrona. Como no tienen explosivos suficientes para destruirlo, deciden inutilizarlo dañando columnas energéticas que alimentan las compuertas y preparar cargas de melta en varias cámaras, aceptando que, si el enemigo repara rápido, el sabotaje solo comprará tiempo.
Mientras tanto, en la pirámide de control, Alfa Primus se deteriora por ser psíquico: el embotamiento lo aplasta hasta la náusea y el miedo, y queda claro que Cawl lo trajo a propósito pese al costo. Cawl intenta interfazar su devoradatos con una consola necrona y encuentra resistencia, lo que retrasa el plan; no habrá señal de éxito, solo la prueba de que el embotamiento cese. Messinius ordena repliegue hacia la escalera para detonar al salir, pero antes de que Cawl termine, el camuflaje empieza a fallar: un escarabajo canóptico sincroniza su patrón con los dispositivos y los apaga, marcando que han sido identificados. Messinius detona las cargas en las cámaras y luego vuela la escalera para retrasar persecución, pero al emerger se topan con un asalto inmediato de constructos que se reparan mientras combaten. Logran abrirse paso hacia la salida con munición que se agota y bajas inevitables; al llegar al vestíbulo comprueban que su retaguardia fue diezmada. Hiax confirma que las compuertas dimensionales siguen inactivas, pero el enemigo cambia de prioridad: en ausencia de mando necrón superior, los canópticos se concentran en reparar el complejo antes que cazarlos, lo que revela que el sabotaje será temporal. Messinius ordena evacuar sin detenerse siquiera a recuperar toda la semilla genética, porque el tiempo se acabó.
Fuera, la situación empeora: los constructos se vuelcan hacia el punto de aterrizaje y amenazan con devorar los thunderhawks. Messinius entiende que, si piden extracción, matarán a los transportes; ordena que despeguen con quien pueda subir, y uno de ellos es destruido en ascenso por una marea de máquinas. Con la ruta de escape comprometida, decide sostener la entrada para distraer al enemigo y ganar minutos para que Cawl termine su trabajo, aun sabiendo que eso puede costarles la vida. En paralelo, en el frente de Paradyce la trampa se cierra: los necrones aparecen en masa en órbita y dentro de la atmósfera, obligan a VanLeskus a abandonar transportes de tropas para salvar a la flota, y empiezan desembarcos mediante portales y naves monolíticas que se reparan bajo fuego. Guilliman ejecuta Exterminatus en Mesmoch para derribar un pilón, el embotamiento disminuye en ese sector y el enemigo “muerde el anzuelo” apareciendo con fuerza; la guerra escala a una fase abierta de flota contra flota. En tierra, Shanni y los pocos fanáticos que quedan sostienen trincheras hasta que llegan destructores y la línea se rompe, y en el vacío Athagey por fin entra en acción y decide acudir a ayudar a VanLeskus. Al final, Messinius acepta el diagnóstico de Hiax: quedarse fuera significa morir, así que opta por una apuesta más desesperada, avanzar “más adentro” por conexiones entre pirámides para reunirse con Cawl y consolidar una posición, porque la misión depende de que el archimagos tenga el tiempo que necesita.
En el Gran Strategium, mientras el vacío se llena de naves necronas, el hololito del Amanecer de Fuego es tomado por energías verdes que matan a varios tecnoadeptos y obligan a Guilliman a aislar el sistema para evitar una intrusión mayor. Aun así, Guilliman decide escuchar: aparece una proyección del séquito del Rey Silente y su portavoz, Hapthatra, comunica un ultimátum en nombre de Szarekh. Exigen que el Imperium abandone de inmediato el Nexo Paria, que renuncie a cualquier intento de penetrarlo, y declaran que toda nave o colonia dentro de sus límites será destruida; además, reclaman como “propiedad” a las poblaciones humanas del sector y ofrecen a la Humanidad vivir solo como suplicantes sometidos. Para reforzar la amenaza, muestran imágenes de la flota Kallides derrotada. Guilliman rechaza la rendición, afirma su lealtad al Emperador y corta la negociación. Tras el mensaje, el hololito queda inutilizado. Guilliman concluye que, al venir a parlamentar, los necrones han revelado a su líder y, aunque promete que algún día lo matarán, decide que hoy no pueden permitirse un choque total: están en inferioridad numérica y su objetivo real es ganar tiempo para que Cawl complete su trabajo. Ordena una retirada combativa que mantenga ocupados a los necrones sin arriesgar la destrucción de la flota.
En Paradyce II, la batalla orbital se degrada en masacre. La nave de mando de VanLeskus, el Precept Magnificat, ya está gravemente dañada cuando aparece una nave necrona mayor, una “nave de pilón”, y despliega un armamento contraempírico que colapsa los escudos de vacío y deja a la tripulación incapacitada o muerta. El Precept Magnificat es destruido y la flota entra en pánico; con la comunicación degradada y pérdidas que rondan la destrucción general, Athagey asume por antigüedad el mando como almirante de flota interina y ordena una retirada amplia para salvar lo que quede. Aun así, entiende que la nave de pilón puede perseguirlos y volver imposible una huida, así que decide una acción desesperada: mantener el curso hacia el enemigo para intentar derribarlo y abrir una ruta de escape, aunque eso implique sacrificar su propio grupo de batalla.
Athagey analiza el patrón de disparo del haz para ganar una ventana mínima de maniobra evasiva, ejecuta una pasada frontal y coordina disparos de cañón Nova para derribar los escudos de la nave de pilón. El primer tiro falla y devasta el planeta; el segundo impacta, abre una herida grande pero no detiene a la nave, que sigue disparando y amenaza con usar de nuevo el arma que “mata el alma”. Con torpedos anulados por enjambres y con su formación deshaciéndose, Athagey toma la decisión final: acelera a velocidad de embestida y estrella la Saint Aster contra la nave de pilón, detonando torpedos desde dentro del casco enemigo. La nave necrona queda partida en dos y el efecto embotador disminuye lo suficiente para que los restos de la Flota Tertius escapen.
En el Strategium inferior, Guilliman observa que los necrones “tantean” más que aniquilan, y deduce que buscan capturarlo con vida; aun así, se queda como carnada hasta confirmar que la Quietud disminuye, porque Cawl necesita minutos extra. Cuando esa disminución se siente de golpe, Guilliman confirma que Cawl tuvo éxito y ordena enviar mensajes a los grupos de batalla de reserva para iniciar el avance. Al mismo tiempo, el cuerpo principal de la flota necrona empieza a moverse: el ataque mayor llega. Colquan y Khestrin presionan para evacuar al primarca, pero Guilliman decide permanecer hasta que la retirada imperial esté encaminada, porque su salida temprana provocaría una cacería que destruiría más naves. Ordena evacuar personal no esencial, reducir la tripulación a un mínimo, dejar una retaguardia Astartes y pone la coordinación inmediata de la flota en manos de Dho Gan Mey; además, obliga a Khestrin a abandonar la nave para preservarlo para guerras futuras.
En el Planeta 7/2, Messinius y su grupo han quedado prácticamente aniquilados y él mismo está mortalmente herido, sin apotecario y con su armadura inutilizada. En el momento límite, Primus llega y desata su poder psíquico ahora que la Quietud ha sido debilitada, fulminando constructos necrones y rescatando a Messinius, que entra en hibernación asistida mientras lo evacúan.
En tierra, Shanni huye por trincheras colapsadas hasta quedar sola ante un destructor necrón que está a punto de matarla; un soldado la salva con un disparo de fundidora y, de inmediato, llegan Hermanas de Batalla que la reconocen y la llevan al búnker de mando. Allí, Shanni se reencuentra con la Canonesa Emmanuelle y ambas aceptan que el final es inminente. Emmanuelle la llama “Hermana” pese a no haberla reclutado, le da armas de la Orden para que muera como una de ellas, y preparan una última defensa ritual. Cuando los necrones funden la puerta y abren paso, las Hermanas y Shanni abren fuego y combaten hasta ser sobrepasadas y morir.
Con el Amanecer de Fuego ya en retirada y el enemigo concentrándose sobre Alpharis, Dho Gan Mey toma el mando en el strategium inferior para sostener la salida de la flota hacia el punto Mandeville. Ordena bloquear toda difusión vox enemiga y aislar sistemas porque detectan datáfagos necrones activos; asume que la guerra informacional es tan peligrosa como el fuego directo y decide operar “a la antigua”, con línea dura y mensajeros, mientras el barco empieza a perder escudos y recibe munición sólida de abordaje. Al mismo tiempo, en el Planeta 7/2 se siente un cambio brusco: la quietud contraempírica cae de golpe, los constructos se congelan y Primus confirma que Cawl lo logró, pero advierten que el efecto puede ser temporal y se apresuran a reunirse con él.
En paralelo, Guilliman evacúa por corredores internos con su escolta (Custodios, Guardia Victrix y marines) hacia el Hangar Palatino, pero el ataque necrón ya ha penetrado la nave: primero corrompen sistemas y causan un choque de tren con decenas de muertos; luego abren portales de abordaje y empujan una marea de guerreros al interior. En el combate, Guilliman y sus guardaespaldas logran abrirse paso y el primarca hiere de muerte a un señor necrón, pero el enemigo demuestra control total del casco: cortan el corredor con precisión y fuerzan puertas de blastaje para separar a Guilliman del hangar y de Colquan. Sin comunicación fiable y con la nave degradándose, Guilliman acepta la contingencia que Illiyanne Natasé había preparado: el vidente aeldari lo conduce, junto con Sicarius herido, por un portal de paso rápido hacia una nave corsaria. Cuando los necrones casi logran forzar el umbral y, al otro lado, se revela la presencia directa del Rey Silente, Natasé rompe la puerta para impedir el abordaje y evitar que Guilliman quede atrapado en un combate o captura en ese instante. Guilliman queda a salvo, pero la deuda política con los aeldari crece.
De vuelta en el Amanecer de Fuego, Gan Mey confirma que el primarca probablemente ya está fuera, pero la nave está muriendo: la insignia necrona la destroza, los sistemas fallan y el enemigo aborda en masa. Los necrones priorizan capturar mando vivo; cuando intentan tomar el strategium y extraer datos, Gan Mey ordena evacuar a quien quede y, al verse a punto de ser apresado, se suicida para negar inteligencia al enemigo.
En el Planeta 7/2, los supervivientes alcanzan a Cawl en el nexo de control. Con Messinius en estado crítico y sin tiempo para extracción convencional, Cawl revela que la estructura no es solo un control de pilones: deduce que es un Pharos, un dispositivo de transporte instantáneo por el materium. Decide usarlo como salida inmediata, reúne a todos en una plataforma, calcula un destino seguro y, antes de partir, arma una bomba de fusión para impedir que los necrones los sigan. El grupo es trasladado al instante a un crucero imperial, donde Cawl anuncia que puede salvar a Messinius mediante “mejoras”, dejando claro que la misión sobre el Planeta 7/2 no solo debilitó la quietud: también entregó a Cawl un hallazgo con implicaciones estratégicas enormes para la guerra que sigue.
Cawl regresa a ver a Guilliman a bordo del Honor de Macragge y ajusta deliberadamente su “personalidad” para no quedar empequeñecido por el primarca. Al atravesar los espacios ya purificados de la nave, entiende mejor el mensaje político de Guilliman al ver un gran vidrio-mosaico que representa a Ultramar restaurado como los Quinientos Mundos, una declaración de intención que puede parecer ambición imperial ante ojos externos. En el librarium, Guilliman está absorbido en reparar daños de la campaña y admite con irritación que la confrontación directa con los necrones fracasó; decide volver a una estrategia de contención mientras investigan al Rey Silente, aun sabiendo que eso inmoviliza fuerzas mientras el Imperium Nihilus se consume. Cawl le informa que, gracias a lo aprendido en el Planeta 7/2, está más cerca de dominar tecnología necrona y pide un “campo de pruebas” en el Foso de Raukos (108/Beta-Kalapus-9), un sistema fuera del Imperium con una grieta disforme pequeña y cíclica, ideal para calibrar pilones sin provocar un embotamiento letal. Guilliman acepta porque el lugar ya tiene presencia traidora y atacarlo parecerá una ofensiva normal, no un experimento encubierto. Cawl explica que puede reproducir pilones y conseguir piedra negra, pero le falta el código de control central que sincroniza la red a escala galáctica; con el empíreo inestable, la coordinación humana es poco fiable, así que necesita aprender a comunicarse y mandar sobre máquinas necronas como ellos lo hacen. Cuando Guilliman exige plazos, Cawl le da dos escenarios: si sigue acompañando a la flota, tardará siglos; si lo dejan partir y trabajar solo, puede avanzar en años. Guilliman cede y le permite irse con la condición de recibir informes y de que regrese si es convocado. Cawl, además, anuncia que ya instaló un nuevo medio de comunicación “más directo” y que, como enlace, dejará a bordo una creación propia, el “Cawl Inferior”, mientras transfiere a Guilliman la mayor parte de sus activos militares para no cargar con ellos en su etapa de investigación.
Después, con la crisis del Nexo Paria ya estabilizada a duras penas, Guilliman reflexiona con Sicarius sobre sus errores históricos y sobre cómo el Imperium se ha degradado durante su ausencia. Llaman a Messinius, que llega sin armadura y con el cuerpo marcado por cirugías recientes: Cawl lo ha hecho cruzar el Rubicón Primaris para salvarle la vida, y Messinius está vivo pero debilitado y dolorido. Guilliman reconoce su estado y corta cualquier formalidad; hablan brevemente de fe, y Guilliman admite su incertidumbre sobre el estatus “divino” del Emperador tras lo que vio en el Trono, sin entrar en detalles. Luego Guilliman revela la presión inmediata desde Ultramar: la Guardia de la Muerte incrementa ataques y él cree que Mortarion está a punto de manifestarse, así que debe volver a casa para responder en persona. Como no puede quedarse a empujar más adentro en el Nexo Paria, anuncia un cambio de estrategia: contener la Anomalía Nephilim desde su periferia, cazar mundos centinela, interceptar intentos de expansión de pilones, ayudar incursiones al interior y aprovechar que donde el campo es débil la disformidad está más “mansa” y permite viajar y comunicar mejor. Para ejecutar eso, Guilliman reestructura el mando: unifica restos de la Flota Tertius con refuerzos de Quintus y Sextus bajo una sola autoridad y elige a Messinius. Le pide arrodillarse y, ante Sicarius como testigo, lo nombra Maestro de Flota de la Cruzada Tertius y Guardián del Sector Nephilim, con autoridad para requisar recursos. También le entrega un acta de concesión para un planeta-capítulo que sirva como base operativa de sus Cónsules Blancos. Messinius acepta sin reservas, y Guilliman lo despide ordenándole descansar y recuperarse, porque le exigirá todo para sostener ese frente mientras él se desplaza a otras guerras del “Imperium Oscuro”.