Capítulo Once

tareas interminables
armadura y hombres
un regreso al redil

Messinius volvió a las oficinas fortificadas del Adeptus Administratum que fungían como su cuartel general. Gran parte de la ciudad ardía, pero los combates ya habían terminado. Avanzó junto a grupos de prisioneros arrodillados, parpadeando bajo el sol de la mañana, con las manos sobre la cabeza. Unidades del Astra Militarum se extendían a lo largo de las avenidas principales, vigilando filas de civiles que abandonaban la ciudad. Sus pasos llenaban las calles tipo cañón con un arrastre inquietante. Nadie hablaba. Un bebé lloró en algún lugar, un sonido extraño dentro de ese silencio avergonzado, como el canto del último pájaro en un bosque moribundo.

Messinius tendría que decidir qué hacer con ellos. La despoblación de Antopie sería la respuesta estándar ante una insurrección planetaria, de acuerdo con el protocolo de los Cónsules Blancos. En las circunstancias actuales, esa salida no servía, aunque la gravedad del crimen colectivo lo ameritaba de sobra. Repoblar el mundo sería casi imposible, dada la escasez de naves chartist disponibles. Además, en estos tiempos de peligro existencial, cada par de manos humanas contaba.

Era un problema entre decenas. Las obligaciones de Messinius ya eran muchas; tomar el mando temporal de todo el grupo de batalla las multiplicó de forma brutal, y los preparativos para instalar un gobierno sustituto las incrementaron todavía más. La mitad de los principales oficiales estratégicos del grupo de batalla habían muerto cuando el Relentless fue derribado, y como resultado la eficiencia de mando y control de la flota estaba por lo menos un cuarenta por ciento por debajo de lo normal, y ese era su problema, no de nadie más. Tras más de una década de guerra implacable, Messinius se encontró de golpe obligado a un nivel de administración que no había ejercido desde que fue procónsul en Boros.

Llegó al centro de mando a buen tiempo y quedó de inmediato sepultado bajo el detalle. Pasó la mayor parte del día encerrado en cámaras demasiado pequeñas para su corpulencia mejorada, decidiendo qué familias nobles locales usaría para recomponer el gobierno, incluida la selección de un nuevo gobernador; después dedicó dos horas a recibir a los miembros supervivientes de esas mismas familias para ofrecerles el peso de su juicio. Ninguno fue lo bastante estúpido como para contradecirlo, aunque ninguno quedó contento con los términos impuestos. Cuando por fin terminó eso, y los funcionarios del Logistaticarum y del Administratum asignados a la flota ya estaban trabajando en el reabasto del grupo de batalla, otros quedaban encargados de evaluar Antopie para una recaudación inmediata de la exacta —que llevaba cinco años sin cobrarse— y otros más habían sido enviados a coordinar con los Black Ships que seguían al Grupo de Batalla Jovian para asegurar el diezmo psíquico, ya era de noche afuera.

Mientras todo eso avanzaba, Messinius tenía que atender al mismo tiempo un rezago de mensajes desde el continente primario sobre la reafirmación del control militar. Después llegaron reportes del resto del sistema, donde se habían encontrado niveles variados de resistencia. En total, la reconquista había tomado tres semanas. No era mucho tiempo, pero sí fue una distracción innecesaria del verdadero trabajo de la cruzada, y generó una montaña de pendientes. Planes provisionales elaborados por distintos adepta necesitaban aprobación y corrección; solicitudes de información del Departmento Munitorum exigían respuesta, y las del Logos Historica Verita había que patearlas para después. Mensajes astrópaticos salían por docenas, informando a la gran Flota Tertius de su avance, mientras otros se enviaban al resto de la cruzada. Sus propias fuerzas requerían reorganización. Había que restablecer patrullas interplanetarias, y purgar, rearmar y devolver a una postura de guerra a las fuerzas armadas sometidas del sistema, esta vez del lado correcto. Todavía había bandas errantes de Portadores de la Palabra plaguando el Segmentum Solar, y una Antopie debilitada sería un blanco tentador para cualquiera de ellos que estuviera replegándose desde el núcleo del Segmentum.

Por supuesto, Messinius tenía a la mano miembros de alto rango de los principales adepta administrativos, además de representantes de decenas de officio y departmenta. Muchos de ellos eran capaces y tenían iniciativa. En conjunto, había decenas de miles de funcionarios para ejecutar sus órdenes, y millones de personas por debajo de ellos para llevar a cabo sus mandatos, pero la responsabilidad tenía que detenerse en algún lado, y se detenía en él.

Ya entrada la madrugada, por fin se formularon y despacharon las órdenes del día. Afuera se colaban corrientes frías. Messinius salió del strategium temporal y se retiró a las cámaras que sus sirvientes habían elegido para él, pero que todavía no había visitado. Solo estaría ahí unos cuantos días, pensó, y era lo mejor. Se veía obligado a agacharse bajo cada puerta que encontraba. Sus hombreras raspaban los costados de todos los pasillos, salvo los más anchos.

Al llegar, descubrió que sus sirvientes habían elegido bien. Estaban en la sección de registros, donde los techos altos y los corredores amplios le daban un respiro frente a las dimensiones estrechas de los humanos. Las pantallas de su yelmo lo guiaron por un pasillo largo, bordeado de puertas de bronce oscurecido por la edad. Una de ellas estaba abierta y derramaba luz hacia el corredor en penumbra. Messinius entró y pasó a una sala alta y cilíndrica, abierta hacia arriba en el centro y rodeada por estanterías con miles de estuches de pergaminos, todos etiquetados con pulcritud. Debía de ser uno entre cientos de cuartos de registros, tratándose de un sistema del tamaño de Antopie. Se sorprendió calculando cuántos archivos podría generar el sistema en el lapso de un año promedio.

Basta, se dijo. Esta batalla ya terminó. Basta. Reflexiona. Recupérate. Mañana empiezas otra vez.

Ni siquiera un guerrero del Adeptus Astartes podía prescindir del descanso.

De algún modo, habían instalado una gran tina de madera en medio de la sala. Parecía una pila comunal de lavandería. Vapor perfumado se enroscaba por encima. Le hizo caer en cuenta de lo sucio que estaba. A un lado había un soporte de armadura y una mesa de caballetes con herramientas de armero acomodadas con esmero.

Al oírlo acercarse, varios sirvientes entraron en fila. Su trabajo era traer, cocinar, cargar y mantener, y aun así se les honraba, porque servían a un ángel del Emperador. Se formaron en silencio con jabón, toallas, comida y una jarra enorme de vino. Los sentidos mejorados de Messinius le permitieron olerlo incluso con la tapa puesta. Era rico, oscuro, pesado de taninos. Una vid terrana, sin duda, pero vuelta única en ese mundo por el tiempo y la distancia de su origen.

Su mayordomo, Selwin, dio un paso al frente e inclinó la cabeza con modestia.

—Mi lord, me tomé la libertad de prepararle un baño.

—Bastante malo para la documentación, con todo este vapor… ¿no crees, Selwin?

—Esta ciudad está pobremente provista de cámaras lo bastante grandes como para alojar con comodidad al Adeptus Astartes, mi lord, y estas al menos tienen la ventaja de estar cerca del strategium adelantado. Permítanos retirarle la armadura.

—El códex de Guilliman recomienda que un guerrero permanezca acorazado mientras esté en una zona de guerra activa —dijo Messinius.

Las labores del día lo habían dejado con un humor extraño.

—Por supuesto, mi lord, aunque depende de usted decidir si esta zona de guerra sigue activa o no.

Messinius respondió levantando la bocamanga de su guantelete izquierdo, desenganchando el sello de muñeca que lo unía al guante corporal y jalándolo hasta liberarlo. Uno de los sirvientes se apresuró a acercarse y se lo recibió.

—Por ahora ya terminamos de pelear —dijo el capitán.

Flexionó la mano.

Messinius cruzó la sala hacia los soportes de sus armas. Colocó el puño de energía en su cuna, rodeó con la mano libre y desenganchó la alimentación al girarla y arrancarla. Un pulso mental a través del sistema nervioso suplementario de la armadura soltó el brazal, y él retiró la mano. Llevaba el guantelete normal, y con dos movimientos rápidos se lo quitó también y se lo entregó a los sirvientes. Ahora ambas manos quedaban desnudas. Esa desnudez se sentía rara después de tanto tiempo. A veces, la placa de combate de ceramita le parecía su forma real, y la carne debajo un órgano interno débil que convenía no exponer.

Sirvientes de armería se acercaron con herramientas, murmurando bendiciones al espíritu de su armadura mientras la desarmaban pieza por pieza. Los componentes menores podían levantarlos ellos mismos, aunque siempre en parejas. Los elementos más pesados los manejó Messinius: el peto, las hombreras y similares pesaban demasiado para que humanos comunes los controlaran con facilidad. El generador dorsal resultaba incómodo incluso para él. Lo apoyó en su soporte antes de desconectarlo; luego se giró para asentar bien el peso, con los músculos marcándose mientras ajustaba la posición. En poco tiempo quedó vestido solo con su guante corporal, con los conectores de interfaz neural brillando en los huecos recortados en la tela. Se lo quitó con dificultad, empapado por completo de sudor, penetrante y algo ceroso comparado con el de un humano no alterado.

La piel le tembló como la de una bestia enorme. Se sintió bien dejar que el frío la tocara. Los sirvientes de armería terminaron de colocar los últimos elementos de su placa de combate sobre los soportes y se retiraron. Algunos de los otros se quedaron para servirle comida y vino. No le hablaron. Messinius no era de desperdiciar el aliento en charla inútil, y quienes lo atendían conocían sus hábitos lo bastante bien.

El agua estaba caliente. Demasiado caliente para un mortal. A Messinius no le molestó. Entró limpio, y al cabo de unos minutos ya se formaba una película aceitosa sobre la superficie. Comió una ración que, aunque grande, consistía en comida sencilla y local. Como el vino, tenía un sabor refrescantemente directo. Uno de los defectos de Hest había sido lo quisquilloso de su mesa. Messinius había cenado con el groupmaster con frecuencia, como dictaba el protocolo. No lo había disfrutado demasiado.

Cuando terminó, se puso de pie y sus sirvientes lo atendieron en silencio: le rasparon el cuerpo con estrígiles, lo masajearon, tomaron lecturas bioquímicas para enviarlas a los Apotecarios del grupo de batalla. Luego lo sentaron y le lavaron el cabello. El baño tomó un olor tenue a humo, carne quemada y ficelina.

Mientras trabajaban, Messinius logró domar el motor desbocado de su mente. No tenía tiempo para una meditación vacía, menos con problemas por resolver, pero la tensión de decidir sin pausa, sin tregua, le resultaba un peso del que agradecía librarse un rato. Tenía ganas de dormir; no el semisueño del nodo catalepseano, sino un descanso real. Un lujo para él. Habían pasado días, y no se quejó, ni consigo mismo ni ante nadie. Cargaba su deber como el honor que era.

Media hora después de haber comenzado su baño y seis minutos con treinta segundos después de haber terminado su comida, recibió una solicitud de audiencia del capitán Thothven, Primer Batallón, Segunda Compañía, Primera Hermandad de los Hijos Innumerables de Guilliman adscritos a la Flota Tertius, Grupo de Batalla Jovian. La longitud del título era un vestigio de los inicios de la Cruzada Indomitus, cuando los Hijos Innumerables se contaban por decenas de miles. Esos días habían quedado muy atrás. Apenas un poco más de mil seguían con la Flota Tertius, casi todos de la línea de Guilliman, y el chevrón gris pálido pintado sobre su librea los señalaba como algo inusual, cuando antes habían sido lo común. El resto se había dispersado. No pasaría mucho tiempo, calculó Messinius, antes de que también estos últimos fueran reasignados y las grandes compañías que habían despertado de las arcas criogénicas de Cawl y habían sido soltadas sobre la galaxia quedaran consignadas a la historia.

—Thothven —saludó Messinius al capitán, sin más.

Hizo una seña a uno de sus sirvientes, indicando que le sirvieran vino a Thothven. Cuando el capitán tomó el cáliz de manos de la sirviente e inhaló su fragancia, sonrió y ofreció sus gracias.

Thothven fue cortés con la sirviente, cuando muchos la habrían ignorado. Era un hombre singular: empático, reflexivo, ponderado, un pensador, a diferencia de tantos de sus hermanos. Muchos de los nacidos en Marte, obra de Cawl, mostraban poca emoción. Messinius había esperado que su estado mental madurara conforme se habituaran a sus nuevas vidas, pero los que recordaban por completo lo que era ser humano eran minoría. Aun así, sus reservas se habían disipado hace poco. Ahora, una década después, la nueva generación de guerreros Primaris criados dentro de un Capítulo a la vieja usanza ya entraba de lleno al servicio, y mostraba el rango emocional habitual de los Marines Espaciales, que, aunque limitado, superaba con creces el de los primeros Primaris.

Incluso así, una sospecha tenue seguía pegada al fondo de la mente de Messinius. Aunque había conocido a Cawl varias veces y dudaba que el archimagos fuera del tipo que ambiciona el poder, el pensamiento no se le iba, por más veces que viera pelear a los Marines Primaris, por más victorias que ganaran: eran seres forjados por el archimagos Belisarius Cawl, no por el Emperador, y por eso su lealtad podía ponerse en duda.

Era una línea de pensamiento que debía cortar. Él sospechaba de Cawl, pero otros dentro del Imperio sospechaban de Guilliman por emplear a las legiones Primaris. La paranoia era un vicio fácil, y se te metía sin avisar.

Thothven le ayudó a aliviar esas dudas, aunque fuera un poco.

—Me disculpo por interrumpir su descanso, mi lord —dijo Thothven—. Hay muy pocos momentos para la contemplación.

—Somos servidores del Emperador —dijo Messinius—. Agradezco los pocos momentos que tuve. Tú me reportas directo. Espero que no sea nada problemático.

—Solo andaba por aquí cerca. Me pareció más cortés venir en persona que mandar otro mensaje más. Estoy seguro de que ya tiene suficientes como para entretenerse un buen rato.

—Los tengo.

—El informe es breve. Las bajas de los Greyshields son mínimas. Tres muertos, diecinueve heridos, y solo uno de ellos grave. En este mundo no había mucho que pudiera tocarnos.

Messinius se echó agua en la cara.

—Se desmoronaron. ¿Cómo pensaron que iban a sobrevivir sin el Imperio si el enemigo llegaba? La sobreconfianza es un enemigo más grande que el enemigo —dijo.

—Supongo que los antopianos esperaban pasar desapercibidos.

—Nadie pasa desapercibido —dijo Messinius.

—Y la esperanza no es ningún tipo de escudo —dijo Thothven—. Hay preguntas entre los hombres, mi lord.

—¿Sobre qué?

—Lo de siempre. Ya no quedamos muchos.

Thothven dio un golpecito al chevrón de su hombrera.

—Todavía no lo sé, Thothven, aunque sospecho que el final está cerca.

—Nunca sé si debería ofenderme o no —dijo Thothven, con ligereza—. ¿Que siga siendo un Greyshield cuando tantos otros ya pasaron a su destino final es señal de mi competencia, o es al revés, y simplemente no me quieren en ningún lado?

—Esa ligereza no te va —dijo Messinius.

—No sé —dijo Thothven, encogiéndose de hombros—. Yo diría que me queda bien.

Se terminó la copa y la extendió para que se la rellenaran.

—Este vino no está nada mal —añadió, con el tono de alguien con olfato para la viticultura, y que no había pasado salvo diez de los últimos cinco mil años alimentándose por asimilación directa de nutrientes.

—¿Algo más que agregar? —preguntó Messinius.

—Un poco. La eficiencia de combate subió. Los escuadrones mixtos de línea génica están operando particularmente bien. Va a ser un día triste cuando desarmen estas formaciones. Sus conteos de bajas son impresionantes.

—Anotado —dijo Messinius—. Lo más lamentable es la sangre de hombres y mujeres humanos que te ves obligado a derramar. Estas rebeliones de incendio menor cansan.

—Una pena —dijo Thothven.

Casi sonó sincero. Ahí estaba: esa frialdad de los recién nacidos, incluso en él.

Se alzaron voces en el corredor. A oídos humanos eran eco y confusión, pero los Marines Espaciales lo distinguían con claridad.

—Una disputa —dijo Thothven.

—¡Déjenlos pasar! —gritó Messinius.

Se acercaron varias tandas de pasos. Entre ellos venían los de Selwin. Tenía una forma particular de moverse: zancadas cortas y rápidas, aunque con la edad ya se le empezaban a volver más lentas. Los humanos comunes duraban bien poco.

Selwin entró acompañado de un tropel de funcionarios de la flota, tres miembros de rango medio del Adeptus Astra Telepathica y varios factótums. Dos de ellos cargaban pergaminos de tela de oro colgando de cadenas en pértigas; el brillo del metal hacía imposible leer lo que estuviera escrito ahí. Varios servocráneos acompañaban al grupo. La delegación venía alterada. Selwin podía volverse feroz cuando se trataba de proteger el raro descanso de Messinius.

—Mis disculpas, mi lord —dijo Selwin, logrando hablar antes que los adeptos, lo cual los irritó—. No quise que lo molestaran.

—Mi deber no se acaba nunca, Selwin. Ni siquiera tú puedes detenerlo.

Messinius recorrió al grupo con la mirada. Ya habían recuperado un poco de compostura.

—Por cómo vienen, ese mensaje debe venir por lo menos de la maestra de flota.

El líder se desinfló. Parecía a punto de soltar la misma información de todas formas, como si hubiera preparado un anuncio adecuado para la ocasión, pero al final se limitó a asentir.

—Sí, mi lord.

—Pues suéltalo, hombre —dijo Thothven—. ¿Qué dice?

—Solo para los ojos del lord Teniente —dijo él, con disculpa en la voz, y luego lanzó miradas menos disculpadas hacia Selwin y Thothven.

—Despeja la sala, Selwin. Tú te quedas, Thothven.

Los sirvientes se retiraron. La mayor parte de la delegación se fue, dejando al adepto con un portador de mensajes cuyos ojos estaban cubiertos por esferas de metal y al que le habían arrancado las orejas. Con una ceremonia torpe, el adepto se giró y tomó del hombre mutilado un estuche de pergamino de bronce. Lo sostuvo con reverencia frente al pecho y avanzó hacia el baño con pasos exagerados y artificiosos. Impaciente, Messinius le arrebató el pergamino, lo desenrolló ahí mismo, goteándole agua encima y haciendo que la tinta de las iluminaciones finamente trazadas se corriera. Leyó rápido, y frunció el ceño.

—¿Cuándo llegó esto? —exigió.

—Hace tres horas.

—¿Y por qué no me lo trajeron antes?

—Los protocolos adecuados, mi lord, la presentación, la verificación…

—¿Los dibujitos? —soltó, encendido—. A partir de ahora, mensajes de esta importancia deben llegarme de inmediato, sin adornos.

Messinius se incorporó dentro de la tina. Los adeptos apartaron la vista.

—¿Malas noticias? —preguntó Thothven.

—No es un mensaje; es una convocatoria. La Flota Tertius debe reunirse completa, por primera vez desde que comenzó la cruzada. Qué suerte que estés aquí, Thothven: salimos en cuanto sea practicable. ¡Selwin! —gritó.

El mayordomo regresó.

—Convoca al estado mayor. Tú…

Señaló a la delegación astropática.

—Se quedan aquí. Hay muchísimo por hacer.

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