Regente Imperial. Una idea poco prudente. Confesional

—¡Por el Imperio, por el Emperador!
Roboute Guilliman, último hijo leal del Emperador de la Humanidad, alzó la espada de su padre por encima de la cabeza en una clara señal para su ejército.
—Que el Trono nos ampare, va a hacerlo. De veras va a hacerlo. Fíjense —envió por vox a su escuadra de mando el Tribuno Stratarchis Maldovar Colquan. Era un hombre duro y su voz hacía juego: sólida e implacable como una losa de granito. Los Custodes Taquis y Lagus, Andos y Bellian decidieron proteger la esperanza de la humanidad de su propia imprudencia.
El primarca echó a correr entre el bosque de columnas pétreas monumentales. Los Custodes fueron tras él. Detrás, trescientos Marines Espaciales, con libreas de toda clase, se lanzaron en su estela.
Mientras corría pegado a los talones del primarca, Colquan no dejaba de darle vueltas a por qué Guilliman tenía que encabezar en persona a sus tropas. Se aproximaban a la calzada por uno de los últimos tramos de la caverna aún sin explotar. Densas formaciones de estalactitas y estalagmitas ofrecían cobertura hasta el mismo borde del camino. Iban muy justos, pensó Colquan. El suelo ya retumbaba con violencia. A su derecha se abrió de pronto una fisura que exhaló el aliento mefítico del inframundo en chorros sibilantes. Muy cerca, el estruendo de piedra contra piedra anunció la caída de una estalactita desde el techo.
Abundaban en ese lado de la caverna los manantiales termales, aguas calientes que brotaban en pozas circulares nacidas del propio lecho rocoso. Delicados ribetes guiaban el agua de cuenco en cuenco, desplegándose en complejidades fractales casi hasta la carretera. Colquan cruzó corriendo por las aguas, con formaciones quebradas bajo las botas. El líquido salpicó alto y, en el calor sofocante se secó al instante sobre su armadura dorada, dejando cercos concéntricos de sal.
Eriun era un mundo rico en minerales raros. Pequeñas vetas de paladio, iridio, oro y rutenio relucían en la roca, superpuestas con tal densidad que enteros segmentos del muro de la cueva parecían de metal puro. El planeta estaba vinculado de forma indirecta al Mundo Forja de Metalica, y contaba con una guarnición de skitarii. No bastó para detener a los Portadores de la Palabra. En las pozas flotaban componentes cibernéticos rotos. Las partes biológicas se habían hervido. Bajo el agua, huesos blanqueados yacían ya a medio camino de fundirse con la piedra.
Los Marines Espaciales se aproximaron a la carretera. Entre las estalagmitas aparecieron instalaciones, primero de una en una, luego en gran número, succionando el corazón palpitante del mundo para alimentar las industrias de Eriun.
El bosque denso terminó de golpe, segado a ras por los gigantescos excavadores de la operación minera. La calzada era perfectamente plana. Un amplio espacio polvoriento, de unos cien metros de ancho, se extendía desde las columnas hasta el muro geoplaneado de la caverna al otro lado. Un túnel de geometría impecable se perdía en ambas direcciones hasta el punto de fuga. A dos millas a la derecha, una luz lejana entraba por un corte cuadrado en la piel de Eriun, iluminando cargadores destrozados que antaño subían mineral a la superficie. A la izquierda quedaba la caverna nueve del sector dos, explotada por completo y sin vida.
Guilliman aflojó el paso. Sus hombres lo imitaron. Colquan y sus guerreros se mantuvieron a su espalda. Los oficiales astartes observaban al primarca con la avidez de halcones, y toda la línea se detuvo al unísono a la sombra de rocas y máquinas. Permanecían ocultos: los depósitos minerales volvían inútiles los augures y auspex.
Pocos, excepto Colquan, lo habrían notado, pero Guilliman estaba tenso. La reconquista se alargaba demasiado. Cada minuto malgastado en un mundo era una oportunidad perdida para socorrer otro. Cada segundo veía morir, en algún lugar, a diez mil ciudadanos del Imperio.
«¿Será por eso que insiste en correr estos riesgos absurdos? —pensó Colquan—. ¿O se reduce simplemente a que los primarcas estaban todos, sin excepción, marcados por sus fallas?»
El enemigo ocupaba la orilla opuesta de la calzada. Un portón, empotrado unos metros dentro de un túnel, llevaba al complejo maioris. A ambos lados, durante decenas de metros, habían abierto troneras con cortadores de fusión. Cargar contra eso era un suicidio.
Esperaron.
Una campanada suave fue todo el aviso que precedió al ataque; luego, un zumbido bajo pero insistente, antes de que una docena de Land Speeders pesados irrumpieran desde el túnel de tránsito hacia la caverna, y salieran de la calzada para internarse bajo la cobertura del bosque mineral. Se movían tan rápido que no eran más que destellos de color en los estrechos resquicios entre los dientes romos del mundo. El enemigo no había visto a la infantería de Guilliman, pero sí detectó el vuelo. Aullaron misiles. El bosque titiló con las llamas de mil explosiones. Las troneras de los búnkeres del otro lado de la carretera centellearon con fuego bólter. La misión de los Land Speeders era neutralizar las armas más pesadas antes de que avanzara la infantería. Ese era el plan.
«También temerario», juzgó Colquan.
Los speeders viraron para encarar de frente las posiciones enemigas; era difícil dada la anchura de la calzada, más difícil aún con todo ese fuego encima. A uno lo cazaron; se transformó en un meteoro llameante que explotó contra la roca. Otro abortó el pase, demasiado hostigado como para soltar su carga. El resto abrió fuego en el preciso instante anterior al impacto contra el muro. Decenas de misiles salieron disparados de sus afustes y volaron sin errar hasta incrustarse en los búnkeres. Los Land Speeders se despegaron en ángulos demenciales en todas direcciones, corriendo algunos en perpendicular por la pared, y se esfumaron.
Salió rodando una ola de polvo. Piedra sobre piedra repiqueteó. Los fogonazos de las armas cortaron la penumbra de manera súbita y asfixiante.
—Ahora —ordenó Guilliman.
Los Marines Espaciales irrumpieron desde el bosque de piedra en una larga línea multicolor, de frente al torrente de fuego enemigo.
—¡Adelante, adelante en nombre del Emperador! —clamó Guilliman. La Espada del Emperador estalló en un fulgor deslumbrante.
Desde los búnkeres comenzaron a tronar los bólters pesados. Los hombres de Guilliman que portaban armamento más voluminoso se plantaron, afianzaron postura y respondieron. Proyectiles, haces y misiles cruzaron de un lado al otro en un intercambio pirotécnico. La cadencia era feroz. La fuerza de Guilliman se lanzó a través de ella; sus armaduras absorbieron una cantidad inmensa de castigo, aunque no todo. La ceramita reventó bajo impactos múltiples, dejando placas destrozadas y hombres muertos tendidos por toda la calzada.
—Me adelanto, tribuno —dijo Guilliman—. Pueden seguirme si lo desean.
El primarca abandonó la cobertura.
—¡No le quiten el ojo! —gruñó Colquan por el vox cerrado de su escuadra. Los Custodes aceleraron tras él.
Cuando el primarca emergió del bosque de piedra y dejó caer los bafles de sus augures, sus hombres gozaron de un respiro.
Resplandeciente en el oro y azul de la Armadura del Destino, con el doble de envergadura que sus guerreros y rodeado por el dorado cegador de la escuadra guardiana de Colquan, Guilliman era un blanco evidente. El tiroteo arreció, todo dirigido hacia él.
Ese fue el primer error del enemigo.
Los escudos de energía integrados en la Armadura del Destino desviaron lo peor del fuego. Maquinaria arcaica gimió de esfuerzo para mantenerlo a salvo. Lo poco que se coló rebotó contra el blindaje macizo. La escuadra de Colquan se interpuso entre la tormenta y el primarca y, aunque llevaban menos protección, su auramita desvió muchos pernos. Más y más armas se centraron en Guilliman. Sus hombres aprovecharon el descuido: corrieron al frente, exprimiendo el lapsus de atención enemigo. Fijados en el primarca y su guardia de Custodes, los defensores permitieron que los Marines Espaciales se acercaran.
Ese fue su segundo error.
La ceramita chocó contra la piedra cuando los Marines Espaciales se estrellaron contra los muros junto a las troneras.
Las granadas lanzadas a través de las troneras no bastaron para liquidar a los traidores enfundados en servoarmadura, pero las detonaciones cortaron su cadencia de tiro y les arruinaron la puntería, abriendo la oportunidad para que los Marines Espaciales mejor armados se acercaran a pulso. Los Eradicators calzaron las boquillas de armas de fusión y de llamas en las ranuras y dispararon a ciegas. Lengüetadas de roca fundida y bolsas de gas explosivo rugieron hacia afuera. Las Escuadras de Desolación, por fin libres de represalias directas, lanzaron salvas de misiles super-perforantes al otro lado de la calzada; ópticas de puntería sofisticadas guiaron las municiones con precisión quirúrgica hasta el corazón de los búnkeres. Siguieron más explosiones. Más armas enemigas se apagaron.
El fuego del adversario decayó. El resplandor del campo de energía alrededor de Guilliman menguó. Colquan ordenó a los suyos flanquear al último hijo leal mientras se encaminaba hacia la pequeña puerta de la fortaleza. El primarca no aceleró; mantuvo su zancada regular, dejando que los últimos fogonazos rebotaran en su escudo. Echó atrás la Mano del Dominio y descargó un golpe contra la hoja, con el campo de disrupción que envainaba el guantelete puesto a máxima potencia.
La puerta estalló hacia adentro. Guilliman siguió a su puño, su cuerpo atravesando el metal debilitado. El plastiacero de un pie de grosor, aún vivo con lenguas de relámpago que reptaban, se desparramó por todo el corredor y tumbó a los Portadores de la Palabra situados detrás. Guilliman desató el fuego de su arma bólter acoplada. Un traidor cayó, con la pechera hecha añicos y el pecho reducido a una ruina roja. En la otra mano de Guilliman, la Espada del Emperador se encendió en llamas y se abrió paso entre los Marines Espaciales traidores. Se había lanzado sobre el enemigo antes de que Colquan pudiera interponerse, golpeando y dando muerte con la hoja de su padre.
Miembros cercenados y fragmentos de armadura ardiendo con fuego insólito rebotaron por el pasillo. Uno de los sacerdotes paganos del enemigo invocó a sus dioses para que lo auxiliaran, pero sobre Guilliman velaba el propio Emperador, y las flechas de brujería que el Apóstol Oscuro dirigió al primarca se apagaron en la nada. El sacerdote murió, con la mitad superior del torso desintegrada por un golpe de la Mano del Dominio.
—¡Adelántense a él! —ordenó Colquan—. ¡Por el amor de Terra, pónganse delante!
Pero Guilliman apartó a empellones a los Custodes y se mantuvo al frente.
—Primera línea vulnerada, todas las unidades, avancen —ordenó el primarca, y siguió adelante, sin aparente interés en si Colquan lo acompañaba o no. El deseo de combatir, de matar para olvidar, ardía vivo en su interior.
Cúpulas de armas empotradas en las paredes del corredor siguieron su avance y abrieron fuego. Una vez más, el campo de energía de Guilliman chisporroteó. Colquan concentró el tiro de su escuadra sobre los emplazamientos y voló varios por los aires. Guilliman, aun así, no quiso esperar; marchó sobre ellos y los fue destrozando al pasar. Detrás, los Marines Espaciales inundaron el corredor, rematando a los traidores que aún respiraban. No podía haber clemencia para los suyos. Los hombres de Guilliman se dividieron y tomaron rutas laterales desde la vía principal, pero el primarca ignoró esos desvíos menores. Anhelaba el premio mayor, y su objetivo estaba al frente.
Colquan hizo que los suyos lo siguieran.
El complejo tembló. El foco de la actividad sísmica estaba cerca. Un ruptor tectónico, dijeron los tecnosacerdotes: una herramienta minera sobrecargada y programada para destruir. Si no llegaban a tiempo, atravesaría las capas superiores de la corteza hasta el núcleo del planeta y sembraría una devastación generalizada en Eriun. Colquan comprendía la urgencia. Pero Guilliman no debía estar allí. No debía exponerse a sí mismo al frente.
Una puerta horadaba el muro hacia la siguiente galería de extracción. Se abría a una amplia plataforma cortada por fusión que dominaba otra caverna, más grande y más honda que la primera, totalmente explotada: un enorme vacío cúbico, sin celosías minerales ni columnas de roca. Solo la baja densidad de la litosfera superficial en esa región —una especie de pómez aireada— impedía que el techo se viniera abajo. En los pozos inferiores, los restos de un lago contaminado hervían al precipitarse en nuevas hendeduras del piso. Desde abajo asomaba el fulgor de lava en ascenso, que transformaba el agua en nubes de vapor abrasador. Nubes rojizas se arremolinaban en las alturas de la cueva. Guilliman se dirigió al borde de la plataforma. Más estremecimientos sacudieron el inframundo.
Colquan aplicó filtros a su visor; ni siquiera su vista superlativa podía penetrar la mezcla de calor, fuego y vapor. Localizó el objetivo, un punto de brillo en mitad de la caverna.
—Tengo a la vista el objetivo primario —voxeó Guilliman.
—Mi señor —dijo Colquan—. Permanezca atrás. Ya ha hecho bastante. Podemos encargarnos de esto de manera más adecuada.
—¿Cómo? —replicó el primarca—. Un ataque orbital hará colapsar la caverna y enterrará la máquina, blindando de hecho al ruptor si no es destruido. Nosotros estamos más cerca. Los otros activos no llegarán a tiempo.
—Y aun así digo que se arriesga sin necesidad solo por el gusto de disfrutar del combate.
—Hay días en que los objetivos y los deseos coinciden —repuso Guilliman—. Es a la vez necesario y grato hacerlo con mi propia mano.
Miró por el borde. Había sesenta metros de caída, un desplome vertical.
—¡Mi señor! No…
Guilliman saltó.
—Quédense aquí, aseguren este punto. No permitan que ningún enemigo nos siga —ordenó Colquan a su escuadra, y se arrojó detrás del primarca.
Un aire infernalmente caliente le rugió alrededor. Aterrizó con violencia; su armadura protestó por el maltrato con un coro de alarmas. Los huesos le vibraron por el impacto. Había dañado la pierna izquierda. La auramita estaba cuarteada, y los haces de fibras registraban alimentaciones intermitentes. Debía de haber interrumpido no solo el circuito primario, sino también los de respaldo.
El dolor se desvaneció bajo el alivio frío de su farmacopeia. Sospechó pequeñas fisuras óseas, cartílagos y músculos desgarrados. Pudo ser peor.
Guilliman corría por delante. Otro sismo sacudió la caverna. Chorros de vapor rugieron desde las grietas, y el último resto del lago desapareció. No lejos de su posición, la lava rezumó desde abajo y comenzó a expandirse con cautela.
Arrastrando la pierna izquierda, Colquan se internó en la gruta.
La armadura de Colquan registró un gran gasto de energía más adelante. El piso vibró. La cueva estaba saturada de niebla sobrecalentada. La lava surgía en géiseres breves desde el suelo. Golpeaba con fuerza contra su auramita. Por el vox le llegaron llamadas buscando al primarca. Los códigos de signum de sus hermanos parpadearon en su visor. No respondió. ¿Qué podía decirles, que la última gran esperanza de la humanidad se estaba poniendo en riesgo otra vez?
Los temblores aumentaron en ferocidad y frecuencia hasta encadenarse, de modo que el suelo se agitaba más de lo que permanecía quieto. Bajo sus botas llegaron desgarros y bramidos de la piedra torturada. Era probable que la auramita no lo protegiera si caía en roca fundida. Apretó el paso.
Bajo el rechinar de la roca martirizada, surgió un pulso constante. Desde adelante captó los chasquidos y cantos de espíritus máquina ansiosos, siguiendo a ciegas una programación que los llevaba a la destrucción.
El ruptor emergió, de improviso, entre ventiscas blancas de vapor.
Guilliman estaba junto a él, empequeñecido por sus treinta metros de altura, un intrincado amasijo de tuberías relucientes que divergían y se reencontraban tantas veces que era imposible adivinar dónde comenzaban, aunque su final era claro: todas se hundían en la tierra. En torno a la huella de sus estabilizadores trípedos, el piso se agrietaba por centenares, fisuras estrechas pero profundas de las que ascendían los fuegos del manto.
Guilliman afianzó sus armas. Colquan esperaba algún tipo de guardián monstruoso listo para plantarle cara. El Gran Enemigo aplica las reglas de la leyenda al mundo real con devoción casi servil. Pero allí no había nada, solo tecnología utilitaria groseramente reutilizada. Los Portadores de la Palabra habían asolado el Segmentum Solar y los habían expulsado. Habían pagado por sus planes. Esta venganza contra un humilde mundo minero era mezquina y carente de trampas o sutilezas. Un berrinche costoso. Perdieron a muchos por la pura rabia de golpear.
—¡Mi señor! ¡Espere! —gritó Colquan, temiendo una trampa.
Guilliman no escuchó, o decidió no hacerlo. Avanzó hasta el nodo de control central, echó el brazo hacia atrás, inclinó hacia abajo la punta de la Espada del Emperador y la hundió profundamente en el mecanismo; giró la hoja y la retiró. Por un segundo ardió fuego en el interior. El dispositivo minero se apagó sin estridencias.
Colquan se quedó inmóvil una fracción de segundo. No ocurrió nada. Los temblores amainaron. Podría producirse una erupción, supuso, dado que la geología del mundo ya había sido alterada, pero Eriun seguiría viva para servir al Imperio.
Sobre sus cabezas zumbaron motores de contragravedad. Los Land Speeders cruzaron la caverna siguiendo una cuadrícula de búsqueda. El primarca los observó impasible, pero no dio señal a los hombres que lo rastreaban. ¿Pensaba escabullirse, abandonar sus responsabilidades como Russ o el Khan?, se preguntó Colquan. Casi deseó que así fuera.
—Estamos aquí abajo —transmitió Colquan por el vox—. Con el primarca.
Guilliman lo miró, el yelmo ocultando lo que fuera que pensara, pero permaneció donde estaba. Colquan caminó rígido hasta situarse a su lado. Su armadura dorada chorreaba condensación. El campo de energía de Guilliman centelleaba en el aire espeso. Colquan alzó la vista hacia ese otro hijo del Emperador y apenas pudo disimular el fastidio por lo que veía.
—Eso fue extremadamente imprudente —dijo Colquan.
—Creí que me querías muerto —dijo Guilliman.
Durante unos segundos, las dos creaciones del Emperador de Terra se sostuvieron la mirada. Una tensión en los hombros de Colquan delataba su deseo de golpear. Lo reprimió. El primarca aguardó, con la espada aún ardiendo con brillo intenso.
El momento pasó. El primarca desactivó la Espada del Emperador. La llama se extinguió.
—Tengo entendido que no me llamas más que un arma viviente. Es normal que las armas deseen usarse; de lo contrario, ¿para qué existen?
Colquan se irguió. Su armadura ronroneó suavemente. El largo borlón rojo de su casco cónico osciló, los hilos agitados por las corrientes calientes como si tuvieran vida.
—Valoris me asignó protegerte. Eres el Regente Imperial. Imagina lo que ocurriría si murieras.
—Eso dices, Maldovar —respondió Guilliman—. No entiendo por qué sigues con la farsa de que ésa es tu única misión. Tu oposición a mi mandato es evidente, como lo fueron las razones de Valoris para elegirte como mi vigilante. A estas alturas deberías haber visto que no corro peligro de seguir la senda de Horus.
El suelo dio una última sacudida temblorosa y el estremecimiento cesó por completo. El calor permaneció.
—El tiempo lo dirá —dijo el Custodio.
Su visor de yelmo parpadeó: un mensaje prioritario desde la nave insignia. Lo leyó con rapidez.
—Debería reactivar su vox, mi señor. Hay noticias. Ha llegado una delegación de Marte, un emisario del Fabricador General. Vienen con fuerza y están ahora con el grueso de la flota. Solicitan audiencia inmediata, como es su derecho en calidad de representantes de un Alto Señor del Adeptus Terra.
Guilliman asintió. El breve respiro del combate había terminado.
—La guerra es eterna —dijo con sequedad—. La política, más aún.

El Archimagos Emmisarius Leeta Unter Sobel-Phi se encogió bajo el fulgor de Roboute Guilliman. Sus Servocráneos gemelos, suspendidos nerviosos a poca distancia, mantuvieron los sensores oculares apuntando hacia abajo, sus espíritus máquina incapaces de sostener la mirada del primarca.
Guilliman estaba sentado en un alto trono de mármol blanco sobre un estrado al que se ascendía por tres peldaños. Una luz dura formaba a su alrededor un charco implacable de claridad. Todo lo demás era negro. La piedra pulida de la sala de audiencias era oscura como el vacío más allá del resplandor, y las paredes se perdían en la penumbra. En cuanto vio aquel lugar, la reconoció como una habitación concebida para la furia.
—Son noticias de mal agüero —dijo Roboute Guilliman. Habló con calma, pero estaba enojado—. Deberías haberme informado hace años.
—Perdónanos, mi señor. Lo que le he descrito fue la voluntad de Oud Oudia Raskian. Está muerto. La crisis sucesoria ha terminado. El nuevo Fabricador General considera que debe presentarse una placa de datos limpia ante su majestad imperial. Usted es el hijo del Omnissiah, carne y sangre del Dios Máquina. Merece saberlo. Por favor, reciba nuestras más humildes disculpas.
—La codicia de Marte siempre ha sido una mancha sobre sus almas —dijo Guilliman—. No vienen a mí movidos por la honestidad, sino porque están perdiendo una guerra que ustedes mismos iniciaron.
—Debo protestar, señor santísimo. No la empezamos nosotros. Fuimos codiciosos, rapaces incluso, pero el despertar de los necrones solo cobró ritmo con la apertura de la Fisura.
Guilliman se recargó en su trono. El acumulador de la Armadura del Destino raspó contra el respaldo. Su asiento debía ser grande, pues no podía quitarse la armadura. La comodidad era un alivio que le estaba vedado.
—Si adoptara una postura menos benévola, diría que acuden ahora no por contrición, sino porque no les queda alternativa. El equilibrio de poder entre Terra y Marte es frágil. Podría afirmar sin dificultad que los suyos buscaron ventaja propia extrayendo esta piedranegra y explotando la xenotecnología de los necrones. Marte jamás estuvo cómodo bajo el yugo del Imperio.
—Mi señor, por favor. Han pasado diez mil años desde los días del Mechanicum. Usted mismo fortaleció los lazos entre nuestros mundos y puso a la gente de Marte y sus feudos plenamente bajo la benévola protección del Imperio.
Alzó la vista hacia él, suplicante. Sus ojos eran falsos, de vidrio oscuro, con monturas tubulares de plastiacero que sobresalían de forma desagradable. Anclajes metálicos hundidos en el hueso de las mejillas y la frente los mantenían en su sitio. La mitad inferior del rostro estaba cubierta por una mandíbula de metal prominente. La poca piel entre los ojos y la boca se veía cetrina, reseca, arrugada alrededor de sus augméticos. En el cuero cabelludo desnudo le brillaban electrotatuajes, a resguardo en las sombras de la capucha. Sus túnicas eran de un rojo profundo, el color sagrado de Marte, madre de todos los Mundo Forjas y territorio supremo entre todos los dominios del Adeptus Mechanicus.
—Diez mil años en los que han intentado reafirmar su independencia, hasta donde entiendo —dijo Guilliman.
—Eso no es así, mi señor; Terra y Marte juntos son el Imperio del Hombre. Las dos cabezas del aquila, bajo el gobierno del Omnissiah, representante del Dios Máquina revestido de carne.
—Ya veo —dijo Guilliman, y su voz fue fría—. Si de veras es así, ¿por qué se me ocultó esta información?
—No sabría decir, mi señor —dijo Sobel-Phi—. Ha habido grandes cambios en Marte desde la desaparición de Oud Oudia Raskian. El anterior Fabricador General ocupó el cargo durante siglos.
—Así que culpas al predecesor de tu señor por este desastre.
—Con todo respeto, mi señor, ¿qué más debería hacer? Es la verdad. Hemos venido a usted de manera directa.
—Esperaron años —repitió, inclinándose hacia adelante—. Años.
—Años de investigación, de recopilación, de verificación cruzada. Billones de puntos de datos de nuestros conclaves acquisitorus, explorators y tecnoarqueólogos, consolidados e interpretados por los mejores procesadores de datos del Imperio. Solo cuando comprendimos a qué nos enfrentábamos pudimos darle datos correctos. Es irrefutable. Los necrones están despertando en todas partes.
Guilliman miró desde lo alto, con ojos duros.
—Permítame enmarcar este cuadro a mi manera —dijo—. Marte ha minimizado deliberadamente una amenaza mayor para el Imperium, pensando apoderarse para sí de las ciencias del enemigo necrón para su propio beneficio. Al hacerlo, indudablemente han acelerado su despertar, sean o no responsables últimos de ello. Sus fuerzas están superadas. Sus dominios, bajo amenaza. Y solo ahora, a última hora, revelan la magnitud de lo que el Imperium enfrenta por sus acciones.
—La situación es complicada, señor.
—A mí me parece bastante simple. —Guilliman desvió la mirada un momento, con gesto airado aunque pensativo—. Le agradezco la noticia —dijo—. La consideraré y, en su momento, trazaré un curso de acción.
Sobel-Phi alzó la cabeza.
—¿Qué podría decirles a mis amos?
—Que hemos hablado y que no estoy complacido. Retírate de mi presencia.
—Regresaré a Marte.
—No lo harás. Te quedarás aquí por el momento.
—Se espera mi retorno.
—Soy el Regente Imperial del Imperio del Hombre. El Adeptus Mechanicus es un adeptus del Imperio y, por tanto, está sujeto a mis órdenes, y te ordeno que permanezcas aquí. Pronto te comunicaré mi dictamen. Mientras tanto, transfiere todos los datos que poseas sobre los necrones a mi personal.
—Así se hará, mi señor.
—Hazlo de inmediato —dijo—. Ahora vete.
Sobel-Phi se alzó de rodillas y se inclinó profundamente. Sus servocráneos descendieron, hicieron su propio saludo y se volvieron para seguir a su señora.
Llegó al extremo del salón. Las puertas se abrieron. Guilliman alcanzó a ver a su Guardia Victrix y a los Custodios montando guardia en el corredor exterior. Las hojas se cerraron, dejándolo solo otra vez.
—Luminarias —ordenó.
La luz dura a su alrededor se apagó de golpe. Luces más suaves, ocultas en apliques ricamente tallados, iluminaron las paredes y revelaron frisos esculpidos en el mármol negro de la sala. Cerró los ojos, se apretó el puente de la nariz con los dedos enfundados en la armadura y permaneció así, en silencio, durante varios minutos.
—Vox —dijo en voz baja.
Los espíritus máquina escucharon. Una cabeza de bronce se desprendió de un anclaje en el techo y descendió hasta quedar flotando a su lado.
—Teniente Tanus —dijo.
—¿Mi señor? —la voz de su caballerizo brotó de la rejilla situada sobre la boca de la cabeza.
—Convoca a Lady Blaaz. Necesito a sus mejores astrópatas. Consígueme escribas, transliteradores y oráculos. Tengo muchos mensajes que enviar.
—¿Hay una nueva emergencia, mi señor?
—¿Cuándo no? —dijo el último primarca leal—. La Flota Primus debe reunirse. Ocúpate de ello ahora.

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