La Pureza del Acero ya se alejaba de la órbita cuando una onda gravitacional la alcanzó y sobrecargó sus placas gravitatorias. Instantes antes de que la nave se volcase, los sensores implantados en el tórax de Camalin Hiax avisaron del flujo; a renglón seguido él se encontró deslizándose por la bodega, sus cuatro garras metálicas arrancando chispas del piso.
La inclinación aumentó con rapidez. Sus colegas lo pasaron de largo: Chul-phi totalmente descontrolado; Osel-den clavándose en el metal con manos y uñas. Cuando la nave estuvo a punto de volcarse, el disparo de los propulsores estremeció la cubierta y detuvo la rotación.
iax se detuvo en una frenada giratoria contra la pared lejana. El transporte colgaba pesado sobre él, sujeto únicamente por las abrazaderas cerradas alrededor de sus garras de aterrizaje. Un segundo antes y no habrían llegado a engancharse.
—Protistos-Navtis, informe —cantó al puente de mando.
Mientras tanto, él era la mente de la nave en tránsito, fusionado a ella como comandante y componente; cuando no estaba en comunión con el espíritu máquina de la Pureza del Acero, uno de sus servidores capitaneaba, función que normalmente resultaba adecuada. En una crisis como aquella, no estar en control le provocaba una sensación de impotencia espectacular.
—Nave mayor entrante a seis mil millas; 23 grados eclíptica ascendente. Ajustando placas gravitatorias —llegó la respuesta.
Un zumbido grave palpitó por el hangar. Su sentido de la gravedad dio la vuelta: el suelo volvió a estar abajo. Hiax canteó hacia la sala de ensamble; necesitaba comunión plena con la nave.
—¿Traducción desde el empíreo? —preguntó por lo bajo, con la esperanza remota de refuerzos; en aquellos tiempos de oscuridad bien podrían ser Astartes Herejes o atacantes xenos.
—Negativo. Tecnología de fase no empírica. Ha entrado una flota necrona en el sistema —respondió el omnisentido.
—Envíenme lecturas —ordenó, y los datos inundaron su sensorio. Aquello era grave. Muy grave—. Inicien aceleración inmediata —ordenó—. Marquen curso hacia la gravipausa más cercana. Empiecen a trazar ruta de evacuación.
—Las órdenes del archimagos dominus son que todas las naves se dediquen a bombardeo orbital bajo posiciones necronas —replicó el Protistos-Navtis.
—El archimagos dominus pronto estará muerto. Me dirijo a la sala de ensamble. Prepárense para ceder el mando —contraordenó Hiax.
—Podemos alcanzar el Punto Mandeville, oh santo; sería más seguro —intervino Osel-den, corriendo para seguir el paso de Hiax; una tarea inútil, pues el asiento motriz del magos le permitía moverse a gran velocidad.
—No podemos —dijo Hiax en voz alta—. Nos localizarán y destruirán mucho antes de llegar al límite del sistema. La única opción es una fuga rápida hacia la disformidad. Allí los necrones no nos seguirán.
El motor principal de la Pureza del Acero entró en funcionamiento; el empuje lo sintieron hasta los huesos. Hiax luchó contra la aceleración como quien camina a contracorriente en una marea. Superó a Osel-den y alcanzó primero la sala de ensamble. La pequeña puerta siseó al abrirse en anticipación. Ya los manipuladores de la cámara se movían; él corrió hacia su abrazo mecánico.
Los actuadores se engancharon en su cintura: potentes accionadores automáticos encajaron en cavidades, giraron y extrajeron pernos profundos; otros desconectaron las uniones eléctricas que ligaban su torso al carruaje. Sus cuatro patas se replegaron y se desactivaron. Los brazos alzaron su cuerpo hacia el ensamble cuando Osel-den llegó, la boca abierta en una expresión que Hiax encontró tan irritantemente vacua que le cerró la puerta en la cara.
Quedó solo en una estancia iluminada por luminarias de emergencia rojas. Aun así, la aceleración de la Pureza del Acero seguía empujando su cuerpo. No habían recibido impactos directos todavía; los sensores de la nave no mostraban signos inmediatos de persecución. Con algo de suerte podrían escabullirse inadvertidos: la Pureza del Acero era pequeña y el espacio, vasto.
Apremió a las máquinas a acelerar más. En menos de cinco segundos su torso quedó encajado en el ensamble; su columna metálica hizo clic al acoplarse en el nexo de unión. No esperó a que las conexiones secundarias se cerraran: volcó su mente al control de la nave.
La tecnología era la misma que permitía a prínceps enlazarse con sus titanes o a caballeros gobernar sus monturas; una unión que salvaba la brecha entre hombre y máquina. Para él la separación no era tan grande: muchas de sus ideas ya nacían en unidades cogitadoras auxiliares; solo su núcleo más íntimo seguía siendo orgánico, el cerebro resguardado en su cráneo blindado.
La sensación maquinal lo inundó. Miles y miles de sistemas de su nave clamaron por atención. Aunque estaba habituado a tales fenómenos, fue un choque pasar de repente de un mundo a otro; necesitó unos instantes valiosos para centrarse, filtrar lo esencial de lo prescindible. Percibió, en la penumbra, las conexiones secundarias encajando y las sujeciones del ensamble afianzando su cuerpo; después su sentido físico se desvaneció por completo. La conciencia noosférica lo atravesó: su mente se fusionó con la de la nave. Los sistemas vibraron con emoción nacida de la máquina: la Pureza del Acero había atravesado un susto. Él calmó su espíritu y miró a través de sus ojos.
Sobre el mundo sin nombre, la flota de FD-10 combatía a pleno rendimiento contra una inmensa nave estelar. Era una doble pirámide que, vista de perfil, formaba un rombo del tamaño de una estación de batalla, con un profundo cañón iluminado donde se juntaban las bases de ambas pirámides. Luces verdes brillaban sobre su superficie; Hiax no pudo discernir si eran ventanas o nodos de energía. Naves de ataque salían a toda velocidad de gigantescos hangares, cual enjambres de insectos. Les escoltaban buques menores, con frentes en forma de media luna y superestructuras piramidales sobre sus cascos; parecían accesorios prescindibles. Mientras observaba, enormes haces de energía verde trenzada surgieron de tres esquinas del cañón central de la nave diamante.
Hiax percibió por los augurios el poder desatado: era fenomenal, comparable a la salida energética completa de un templo forja. Los haces barrían la nave exploratoria de FD-10. Sus escudos de vacío ardían en fuegos púrpuras, fueron rápidamente sobrepasados y cayeron en una parpadeante extinción. Los rayos desgarraron el casco del vehículo, partiéndolo en fragmentos, y el impacto cesó.
Donde estaba la nave de mando de FD-10 quedó una nube de restos.
El resto de la pequeña flota Mechanicus se partió y sus cinco naves huyeron en direcciones diversas, disparando mientras escapaban. Armas de energía imperiales, potentes, abrieron heridas irregulares en la superficie de la doble pirámide. Fuegos amarillos rugieron sobre los puntos de impacto; luces verdes ardieron en el interior donde el casco se abrió. Pero la nave necrona era tan vasta que absorbía el castigo; las naves menores cayeron por debajo de su interés y fue ignoradas, enviando en su lugar oleadas de cazas a perseguirlas. La colosal nave quedó suspendida sobre el mundo.
La Pureza del Acero, por ahora, seguía sin ser detectada. Esa fortuna no duraría. Hiax necesitaba una vía de escape antes de que les localizaran y atacaran. La gravipausa más cercana, ese remanso entre cuerpos celestes donde las atracciones mutuas se cancelan, estaba a cien millones de millas.
Tenía que haber otra salida.
Tomó el control del conjunto de augures principal y apagó todos los escaneos activos: enviar pulsos solo los delataría, y no necesitaba una ida y vuelta activa para hallar lo que buscaba. La luna. Era grande y estaba cerca: allí habría una gravipausa. Se hallaba a solo medio millón de millas de su mundo padre y era mucho más pequeña que el planeta; el punto de quietud gravitatoria estaría próximo a su superficie. Transitar a la disformidad junto a un objeto de gran masa solía ser casi mortal: las corrientes gravitatorias retorcían la disformidad igual que el Materium, pero sin coincidir; el corte gravitacional podía desgarrar la nave en dos.
Aun así, era su única opción.
Hiax ejecutó un cambio de rumbo, sorteando por completo a su reducido equipo de mando. Los motores direccionales de la nave soltaron largos y secos jadeos de plasma. La maniobra sometió a la nave a tensiones brutales, y la Pureza del Acero gimió con un dolor de hierro.
La voz binhárica de Osel-den irrumpió en la noosfera.
—¿Qué haces? —transmitió. Incluso en el orden matemático del espíritu de la máquina, su pánico resultaba manifiesto—. ¡No pretendes transitar hacia la disformidad tan cerca de la luna! ¡La nave será hecha añicos! ¡Vamos a morir todos! —el miedo le hizo olvidar la servil actitud acostumbrada.
El espíritu de la Pureza del Acero lo oyó.
—¡Cesen las entradas de inmediato! —respondió Hiax—. Están poniendo en pánico a la nave. La gravipausa lunar es nuestra única oportunidad de escape. Pronto seremos avistados y nos perseguirán.
Como para subrayar sus palabras, una de las otras naves del Mechanicus desapareció en una masa de gas en expansión; su reactor había explotado. Cambió su modo de dirección y comunicó al personal por vox y datos a lo largo de la nave.
—Atención, fieles del todopoderoso Dios Máquina —cantó—. Intentaremos una traducción empírica en la gravipausa medio-lunar. La gravipausa es inestable, está junto a un cuerpo de gran masa y es pequeño. Salir del Materium exigirá cálculos exactos. No emprendo esta acción a la ligera, pero es nuestra única posibilidad de huida. Navegante Visscher, inicie preparativos. Enginarium, pongan en marcha el motor de disformidad.
Cortó el comunicado. Osel-den aún bullía en la periferia de su conciencia; Hiax lo cerró fuera de la noosfera de la nave. Necesitaba concentrarse.
La Pureza del Acero iba ya a gran velocidad y aún aceleraba. La faz picada de la luna doliente se les venía encima: una media luna sumida en sombra; su lado iluminado, polvo blanco. De continuar la aceleración, la nave habría alcanzado la mitad de la velocidad de la luz en el plazo de una semana. Sus motores eran potentes, pero insuficientes para dejar atrás a los necrones. Los sensores de la nave se erizaron cuando un poderoso pulso de auguria la atravesó, repitiéndose a intervalos cada vez más cortos y fijándose en ellos.
Los habían detectado.
—¡Camalin! —Osel-den se abrió paso en la ensoñación de Hiax—. ¡Persecución!
—¡Manténganse fuera de la noosfera profunda, sub-magos! —ordenó Hiax. Sin embargo, volvió enseguida la atención hacia popa. Varias escuadrillas de cazas necrones se desgajaban de la persecución de las dos últimas naves Mechanicus; se movían con una agilidad asombrosa.
Su tecnología anulaba la inercia y quizá la masa -ningún magos del Adeptus Mechanicus había formulado una hipótesis satisfactoria que Hiax conociera-, permitiéndoles ejecutar maniobras capaces de destruir una nave imperial. Sus pilotos eran inorgánicos: no necesitaban aire, alimento ni agua; eran inmunes al estrés gravitatorio, incansables e implacables.
Las naves se lanzaron tras la Pureza del Acero.
—Contacto en cinco minutos, treinta y dos segundos —anunció Osel-den, desoyendo la orden de Hiax de retirarse.
Esto estaría al límite.
La gravipausa se abría delante. En la superposición gravitatoria de Hiax aparecía como un remanso en el torbellino generado por la atracción contradictoria de la luna y su planeta; se movía, perdiendo pequeños vórtices por los bordes que giraban y se desvanecían. La nave era un hilo; la gravipausa, el ojo de una aguja.
Hiax pulsó órdenes a la nave, provocando microcorrecciones de rumbo. Cada microexplosión de propulsor estaba calculada hasta el último micrón cúbico de gas.
Transcurrieron tres minutos tensos.
Un aliviadero gravitatorio se desprendió de la gravipausa y el punto se desplazó varios cientos de yardas. Hiax corrigió el rumbo de nuevo.
Un destello verde parpadeó en el vacío delante. Atrás, las Guadañas de la Muerte se aproximaban; ya estaban lo bastante cerca como para disparar sus rayos mortales. En las vistas posteriores apareció el brillo de un escudo de vacío cuando uno de los disparos conectó.
Volvió a mirar hacia adelante. La gravipausa estaba cerca. No se atrevía a abrir fuego contra los cazas necrones por temor a que el más mínimo empujón fotónico le hiciera fallar el cálculo.
—Cálculos de ingreso en la disformidad completados, mi señor tecnosacerdote —dijo Cloina Visscher—. Estoy lista para su orden. Visscher era mujer de aspecto lúgubre, una rama fuertemente mutada de su casa cuya forma desafiaba los límites de lo aceptable; solo encontraba plenitud en la disformidad.
Hiax emitió una breve afirmativa por pulso. No tenía tiempo para discutir.
Otro rayo impactó en la envoltura posterior del vacío. La entrada energética fue significativa, casi suficiente para saturar la primera barrera. Desvió la mayor parte de su atención a medir la persecución, y quedó detenido por lo que vio detrás: la enorme nave necrona se estaba desprendiendo de gigantescos fragmentos, cada uno rotando y descendiendo hacia el mundo con una gravedad solemne.
Activó las capturas de video y duplicó la frecuencia de registro de augurios.
Justo a tiempo volvió a mirar adelante. Estaban sobre la gravipausa.
—¡Activen los motores de disformidad a mi orden! —cantó.
Los escudos de vacío ardían con fuego púrpura y frío. Una Guadaña de la Muerte necrona pasó a toda velocidad, a ritmos que ninguna nave humana podía emular. La gravipausa seguía su lento remolino. Rayos energéticos laceraban la popa de la Pureza del Acero. El primer escudo de vacío estalló en una lluvia de partículas. Los necrones apretaban en un patrón de interdicción cerrado, disparando a la vez. El segundo escudo soportaba una tensión intolerable.
—¡Ahora! —ordenó Hiax con cada fibra de su ser.
El Campo Geller se activó. El escudo de vacío colapsó. Por un instante la mordedura punzante de cañones de energía alienígena que golpeaban la coraza le clavó dolores fantasmales hasta la columna. El espacio se dobló. Un segundo vórtice se superpuso a la gravipausa vacilante, este visible en el rango visual normal. La luna ocupaba un fondo inmenso tras él; si fallaban, serían despedazados y sus restos esparcidos por el satélite.
El universo empezó a abrirse. Hiax arrancó su conciencia de la noosfera de la nave mientras la brecha de la disformidad se abría, evitando por poco la condenación prematura que habría supuesto mirar por las puertas del abismo.
Parpadeó a la luz roja de las luminarias del ensamble.
El estremecimiento de la traducción recorrió la nave. Sintió el revuelto mareo en el alma al pasar a la disformidad.
—Traducción completada —dijo la navegante Visscher—. ¿Cuál es nuestro destino?
Hiax repasó lo visto. Reprodujo las capturas de video en su mente. La nave era la mayor embarcación necrona que conocía; seguramente, aquellos eran pilones desplegándose. Parecían pilones.
—Nos preguntábamos cómo estaban expandiendo el nexus; quizá esta sea una vía —se dijo en voz baja.
Alguien debía saber de esto. Alguien con influencia. La condición humilde de penitente que él ostentaba hacía improbable que le escucharan sin respaldo superior; además, todos los demás testigos potenciales de la nave estaban muertos. Lo que había visto era importante. Necesitaba a alguien capaz de actuar, que no estuviera enredado en la jerarquía del Culto o que, si lo estaba, ocupara un puesto lo bastante alto como para ponerlo en contacto con quien tuviera influencia. Aún tenía aliados. Necesitaba a alguien muy situado y exactamente en la posición correcta…
—¿Cuál es la última ubicación conocida del Sexto Macroenclave de Ryza? —preguntó entonces al navegante.
—Anduman —respondió Visscher—. Están asignados a la Flota Primus, Grupo de Batalla Rhosus. Hace seis meses, según el cómputo terrano. Puede que se hayan desplazado.
Eso no importaba demasiado; era un punto de partida.
—Llévame hasta allí.