Q-Lint había perdido. La nave necrona tapó el sol por completo. A medida que descendía, fue ocupando todo el cielo, hasta que los firmamentos quedaron reducidos a un fino borde amarillento que únicamente enmarcaba, y resaltaba, su inmensidad.
La noosfera se saturó con transmisiones de negación de origen alienígena. Escuadrillas de naves de ataque se precipitaron desde el coloso. Q-Lint examinó la nave con desapego quirúrgico. Era tan grande que, por pura lógica, debía provocar una perturbación sísmica constante en el planeta; sin embargo, tras el primer sobresalto de su llegada, no ocurrió nada. Ni un temblor. Era como si, en términos de masa, no estuviera allí, aunque su presencia era incuestionable. Lo probaban los fogonazos de reactores de plasma al estallar: la flota de FD-10 estaba siendo barrida del vacío.
Cantó a sus tropas que adoptaran un patrón defensivo. La guarnición necrona había quedado reducida a unos cuantos guerreros, pero ahora operaban con una inteligencia enfocada, retrocediendo desde las líneas del Adeptus Mechanicus para reagruparse en formaciones nuevas y más eficaces.
Al mismo tiempo, ráfagas de energía descendían desde lo alto, resucitando de la muerte a los guerreros hechos pedazos. Monolitos del tamaño de edificios flotaron desde el cielo, silenciosos como la muerte.
Q-Lint concentró contra ellos todo lo que todavía podía apuntarles. Apenas llegaron con unos rasguños, y se detuvieron a escasos pies sobre el campo de batalla. Columnas sólidas de energía bajaron desde la nave, pulverizando a los últimos Onagro. Se abrieron las compuertas de los monolitos. Una luz verde y enceguecedora inundó la llanura, y necrones inmaculados salieron a paso marcial por centenares.
Chisporroteó energía de teletransporte en el centro de la formación enemiga. Esta vez, el señor necrón hizo acto de presencia en persona. Miró a su alrededor, como quien inspecciona un lugar bien conocido al que no ha vuelto en mucho tiempo. Luego fijó la mirada directamente en Q-Lint, con unos ojos encendidos por una inteligencia maligna que se repetía en las diez mil miradas de los necrones que cercaban la posición humana.
Alzó la mano con teatralidad. Q-Lint tenía cierta experiencia con las formas superiores necronas. Las inferiores eran casi tan limitadas como los servidores orgánico-mecánicos. Las superiores, en cambio, eran arrogantes, vanidosas y pomposas. Además, estaban vinculadas a un nivel fundamental con sus siervos: no necesitaban gesto alguno para impartir órdenes.
Los necrones levantaron sus armas.
—¡Fuego! —gritó Q-Lint, por todos los canales de comunicación a su alcance.
El Adeptus Mechanicus descargó lo último que le quedaba.
Phaerón Zhulkan bajó la mano. El resultado fue devastador.
La totalidad del mando de Q-Lint fue hecha trizas. Los haces gauss los desnudaron capa por capa, descomponiéndolos con tal profundidad que no quedó nada salvo gritos llevados por el viento. Un relámpago gauss impactó en su abeyant, disolviéndolo a nivel atómico. La plataforma se inclinó hacia delante, y él cayó al suelo. Los enlaces craneales se desgarraron de los implantes distribuidos en torno a su carruaje, y quedó tendido entre el reptar fosforescente de los posrelámpagos de la descarga.
Alzó la mano. Atrajo un nimbo frío, un fuego fatuo verdoso. Y nada más.
«Asombroso —pensó Q-Lint— ¿Adónde fue a parar toda esa energía?»
La temperatura a su alrededor no había variado ni una décima de grado.
Estaba solo; su ejército se había reducido a chatarra y fragmentos sangrientos.
El señor necrón Zhulkan volvió a alzar la mano y la cerró. Su legión bajó las armas, quedando en una macabra caricatura de firmes. Los cazas se detuvieron en vuelo estacionario. Demostrada su maestría sobre los suyos, Zhulkan avanzó desde su línea, con la larga capa de escamas metálicas moviéndose por sí sola. Incluso mientras caminaba, escarabajos descendían a sus espaldas, recogiendo lo que quedaba de ambos bandos y convirtiendo metal, carne, plastek, glassita y cuanto hubiera en energía pura.
El Archimagos Q-Lint se arrastró para alejarse de la abominación que se le venía encima. Los efectos residuales del impacto gauss chisporroteaban en su sistema nervioso, dificultándole el control de las extremidades.
Zhulkan se detuvo a los pies de Q-Lint y lo observó desde arriba. El necrón era mucho más grande de lo que había parecido en la proyección. Su ánima era un estratificado complejo de campos de energía. La luz atravesaba su caja torácica hueca. Lo seguía un olor extraño -metal caliente, sobre todo, y aire ionizado-, pero también otra cosa, algo auténticamente alienígena. Q-Lint comprendió con horror pausado que jamás sabría qué era exactamente ese aroma. Su búsqueda de conocimiento había terminado.
Zhulkan volvió a abarcar el mundo con la mirada. Lo rodeaba un aire de fatiga, como quien empieza a asumir la magnitud de la tarea que le espera. Cuando habló un instante después, su voz fue muy profunda, pero el gótico que empleó tenía un acento neutro, el de un noble de cualquiera entre diez mil mundos.
—Debiste aceptar mi oferta —dijo Zhulkan.
Se inclinó hacia delante y, con una mano de fuerza aterradora, alzó al tecnosacerdote por las vestiduras, elevándolo -augméticos incluidos- en vilo. El esfuerzo que empleó pareció mínimo.
—Gobernamos esta galaxia una vez. Ahora que el Gran Sueño ha concluido, lo haremos de nuevo. Cuando hayamos purgado la corrupción que han permitido echar raíces aquí y el orden quede restaurado en el Imperio Infinito, quizá entonces consintamos que su especie persista un tiempo. Admito que tienen un interés menor.
Desde el cielo llegó una serie de golpes huecos. La nave gigantesca pareció abrirse, desgranando grandes astillas negras que descendieron planeando, lentas como vainas de semillas.
Zhulkan giró a Q-Lint de un lado a otro, examinándolo, antes de soltar un sonido casi orgánico de decepción. La máquina dejó caer al tecnosacerdote. El cráneo, fuertemente aumentado, de Q-Lint golpeó el suelo con un seco trastazo.
—Eres inferior. No estarás entre los especímenes preservados.
El necrón alzó de nuevo la mano, esta vez con la palma hacia arriba. Un centelleo de relámpagos verdes danzó entre sus dedos, y un arma de asta larga se ensambló desde la nada. Los implantes de Q-Lint registraron aquella impura hazaña de ingeniería dimensional con diligencia -aunque jamás comprenderían la información-, ralentizando una materialización casi instantánea hasta un ritmo observable y apreciable; y debía apreciarse, porque era tecnología de la más alta clase.
En el extremo del asta cobró forma una amplia punta de lanza: energías fantasmales se consolidaron en cubos de hiperaleaciones que encajaron entre sí, forjando una hoja cuyo filo podía separar la propia trama de la creación.
Un cristal verde creció en la cavidad central, encendiéndose con una luz suave y atrayente.
—¿Te impresiona? Como debe ser —dijo el necrón.
Alzó la lanza y la hundió con fuerza, seccionando la espina dorsal de Q-Lint, cuya última visión fue la de Zhulkan apoyado en el asta de su guja, mirándolo con curiosidad
—¿Cómo dice tu subsecta? “No hay fuerza en la carne, solo debilidad”. Qué razón tienen.
La percepción de Q-Lint se redujo a una línea a medida que sus implantes fallaban uno tras otro; luego a un punto; luego ese punto se apagó, y dejó de existir.